Dante Vance avanzó por el pasillo de la planta alta con el paso firme de un general que acaba de reclamar una victoria estratégica. Sus zapatos impactaban contra la madera pulida en un ritmo metódico, implacable. Sin embargo, al alcanzar el descanso de la gran escalinata de mármol, un pinchazo agudo, súbito y abrasador le atravesó el centro del pecho.
El magnate se detuvo en seco, conteniendo el aliento de golpe mientras el oxígeno se volvía plomo en sus pulmones. La opresión fue tan violenta, tan carente de piedad, que se vio obligado a clavar una de sus manos contra la barandilla de hierro forjado para no perder el equilibrio y desplomarse. No era un padecimiento físico ordinario; no se sentía en absoluto como las secuelas predecibles del trauma médico o la debilidad respiratoria que los especialistas de la clínica privada le habían advertido con condescendencia tras despertar del coma. Era una punzada viva, un espasmo hirviente que nacía del fondo de su caja torácica y que parecía estirarse hacia atrás, como un hilo invisible conectado con la habitación donde el llanto desgarrador de Amara y los gritos heridos de Mateo todavía flotaban en el ambiente.
—Señor Vance, ¿se encuentra bien? —Marcus, que subía los últimos escalones de la escalinata escoltado por dos subordinados de su entera confianza, se detuvo de inmediato. La alarma se filtró en su tono al notar la palidez repentina y la rigidez cadavérica que había transformado por completo las facciones de su jefe.
Dante apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos del cuello se le tensaron como cuerdas bajo presión. Enderezó la espalda con una lentitud calculada, negándose en redondo a mostrar el menor rastro de vulnerabilidad ante la mirada de sus hombres. Para él, cualquier atisbo de debilidad equivalía a una derrota corporativa.
—No es nada —siseó entre dientes, y su voz profunda sonó más ronca que de costumbre—. Una simple molestia insignificante. El aire de esta casa está viciado; me produce náuseas.
Se llevó los dedos al botón superior de su camisa de sastre, aflojándolo apenas un milímetro en busca de un alivio que jamás llegó a su sistema. Por un segundo de absoluta y aterradora confusión, una ráfaga de imágenes borrosas, cálidas y completamente desordenadas intentó abrirse paso a través de la densa niebla que cubría su mente amnésica: el aroma embriagador de flores frescas en primavera, la risa chillona y cristalina de una niña pequeña, y la silueta difuminada de una mujer que lo miraba con una devoción tan pura que le causó un vértigo insoportable. Su corazón, ese órgano que él creía controlado bajo el yugo de la lógica matemática y el calculador interés financiero, estaba latiendo con un ritmo desbocado, rebelándose con violencia contra las órdenes estrictas de su cerebro. Su propio cuerpo recordaba con una desesperación animal lo que su intelecto insistía en negar: que esas tres personas a las que acababa de pisotear eran, en algún punto de su miserable existencia, su universo entero.
Dante sacudió la cabeza con brusquedad, extinguiendo la visión con una furia inflexible. El descontrol y la falta de dominio propio le causaban un asco absoluto. Él era Dante Vance, el hombre de hierro, el estratega indomable que no se doblegaba ante nada ni nadie. No iba a permitir que unos espasmos biológicos causados por el prolongado encierro médico lo volvieran blando o sentimental.
—Prepara los vehículos, Marcus —ordenó, recuperando la máscara imperturbable que siempre lo había caracterizado ante el mundo exterior—. Le di una hora exacta a esa mujer para empacar las pertenencias indispensables de los niños. Si cuando el reloj marque el tiempo estipulado ella intenta retenerlos o dilatar la salida, entras con el equipo de seguridad y los sacas tú mismo. Nos trasladamos a la residencia antigua hoy mismo.
—Entendido, señor —respondió Marcus, aunque sus ojos, fijos en los peldaños, reflejaban una profunda y amarga pesadumbre por el destino de los gemelos, atrapados en una guerra de la que eran completamente inocentes.

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