El rugido de los motores de la flota de camionetas blindadas sepultó el sonido de la tormenta que golpeaba los cristales de la residencia. Abajo, en el vestíbulo principal, el ambiente se había vuelto tan denso que resultaba difícil respirar. Elara bajó los escalones de la escalinata sosteniendo las manos de Amara y Mateo con un agarre firme, convirtiéndose en el único pilar sólido para sus hijos en medio del colapso de su universo. Detrás de ellos, la niñera transportaba apenas dos mochilas pequeñas con lo indispensable.
Dante Vance aguardaba al pie de la escalera. Su imponente figura permanecía inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro transformado en una máscara de piedra. No quedaba ni un solo rastro visible del espasmo abrasador que lo había obligado a doblegarse en el descanso de la planta alta minutos antes. Volvía a ser el hombre frío y calculador que no permitía que un fallo biológico arruinara sus movimientos estratégicos.
Cuando los gemelos pisaron el último escalón, Amara se encogió instintivamente, ocultando su rostro empapado en lágrimas detrás de la pierna de su madre. Mateo, por el contrario, plantó firmemente sus pequeños zapatos sobre el suelo y le clavó a su padre una mirada cargada de un orgullo herido y una rabia pura, una réplica exacta del propio Dante.
—Llegan dos minutos tarde, Elara —sentenció Dante, y su voz profunda vibró con una frialdad que hizo eco en las paredes—. No tolero la falta de disciplina en mis empresas y mucho menos bajo mi techo. Marcus, sube a los niños al primer vehículo.
—No te atrevas a dar un solo paso, Marcus —intervino Elara, dando un paso al frente y usando su propio cuerpo como una barrera monolítica. Sus ojos castaños destellaron una furia visceral—. Mis hijos no van a subir a ninguna parte si yo no estoy a su lado. No creas que voy a dejar que te los lleves solos para que los trates como si fueran parte del inventario de tus holdings, estás completamente demente, Vance. Nos vamos todos o de aquí no se mueve nadie.
Dante entornó los ojos y un músculo saltó de forma violenta en su mejilla. El desafío de la mujer le encendía un fuego oscuro en las venas, un deseo enfermo de aplastarle el orgullo y obligarla a acatar sus órdenes sin chistar. Sin embargo, su mente analítica procesó la situación en un segundo: arrastrar a los niños a la fuerza mientras ella resistía provocaría un escándalo innecesario con el personal y un quiebre psicológico en los niños. Tenía que ser metódico, no impulsivo.
—¿Quieres volver a la residencia de la que te marchaste alegando que no podías soportar mi presencia, Elara? —Dante soltó una carcajada gélida, un sonido seco que no llegó a sus ojos —. Perfecto. Si tanto anhelas respirar mi mismo aire, asume las consecuencias. Sube al coche. Pero te advierto algo: en mi territorio, tú ya no eres la dueña de nada. Solo eres una intrusa.
El trayecto hacia la periferia de la ciudad fue un calvario de silencio y luces de neón difuminadas por el agua que corría por los cristales blindados. Los gemelos se durmieron abrazados a Elara, agotados por el llanto y el pánico, mientras Dante, sentado en el asiento delantero junto a Marcus, mantenía la vista fija en la carretera, ignorando deliberadamente la presencia de la mujer que se negaba a dejar ir el pasado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cadenas de odio: La esposa equivocada