Pasada la medianoche, la propiedad quedó sumida en una penumbra sepulcral. En el ala norte, Elara se encontraba sentada en el borde de la inmensa cama de huéspedes. No se había quitado la ropa, ni se había descalzado. El frío del lugar parecía filtrarse directo a sus huesos, pero el verdadero suplicio estaba en su mente.
La impotencia y el dolor crudo terminaron por desbordarla. Se levantó de golpe, incapaz de soportar el encierro, y caminó hacia el minibar de la habitación con las manos temblándole sin control. Necesitaba apagar el incendio que le quemaba las entrañas. Sirvió un vaso de whisky puro, luego otro, y un tercero. El alcohol quemó su garganta, pero no logró anestesiar la herida sangrante de su pecho. Con los ojos inyectados en llanto y la mente un poco nublada, pasada de copas pero con una valentía desesperada, salió de su habitación. Sus pasos autómata la llevaron directo al ala principal, guiada por el hilo invisible del amor que se negaba a morir.
Abrió la puerta del despacho de Dante sin tocar.
El magnate estaba sentado detrás de su escritorio de caoba, revisando los informes de Harold sobre los términos de la custodia. Al verla entrar, Dante alzó la vista, clavándole una mirada oscura y analítica.
—Estás fuera de tu zona permitida, Elara —sentenció él, con una distancia letal—. Y por el olor que desprendes, estás borracha. Regresa a tu suite antes de que haga que te saquen.
Elara no retrocedió. Se acercó al escritorio con paso irregular, pero con la mirada fija en la suya. Las lágrimas gruesas comenzaron a rodar por sus mejillas, brillando bajo las luces del techo.
—No me voy a ir, Dante —susurró, con la voz rota, pastosa por el alcohol pero cargada de una agonía intolerable—. No me voy a ir porque no puedo más con este maldito teatro tuyo.
—No es ningún teatro. No sé quién eres —repuso él, reclinándose en su silla mirándola con total indiferencia.
—¡Mientes! ¡Tu cuerpo sabe quién soy! —gritó ella, rodeando el escritorio de golpe.
Antes de que Dante pudiera reaccionar con su habitual agilidad, Elara se arrojó sobre él. Se sentó a horcajadas sobre sus muslos robustos, atrapando su rostro con ambas manos con una fuerza desesperada. Dante se quedó completamente congelado, impactado por la audacia de la mujer.
—Mírame, maldita sea. ¡Mírame a los ojos! —le lloró Elara a escasos centímetros de sus labios, empapándolo con sus lágrimas—. Por favor... por favor, vuélvenos a recordar. Tú no eres este monstruo frío que no siente nada. Tú no eres así, Dante. Tú nos amas de verdad... Me amas a mí, me lo juraste mil veces en este mismo lugar. Nos costó la vida entera estar juntos, casi te mueres en mis manos... No puedes habernos borrado así.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cadenas de odio: La esposa equivocada