La puerta del despacho se cerró con un chasquido sordo, pero el fantasma de Elara permaneció flotando en el aire de la estancia. Dante Vance se quedó estático detrás del escritorio de caoba, con las palmas de las manos apoyadas sobre la superficie fría y los hombros caídos por el peso de una agitación que jamás en su vida había experimentado.
Su pecho subía y bajaba con violencia, buscando un oxígeno que el espacio parecía haberle negado desde el momento en que ella entró. Tenía la boca pastosa, impregnada con el sabor amargo del whisky que la mujer traía en los labios y con el rastro de una calidez que todavía le quemaba la piel.
—Maldita sea —siseó entre dientes, cerrando los ojos con fuerza.
Al cabo de unos segundos, se llevó una mano al centro del pecho y presionó con rabia. El corazón le seguía latiendo a un ritmo desquiciado, desbocado, como un caballo salvaje que intentara romper las costillas para ir detrás de ella. No era una simple arritmia médica. Dante era un hombre de ciencia, de números, de contratos y de lógica implacable; sabía perfectamente diferenciar un espasmo muscular de una reacción química y visceral. Cuando Elara lo había besado, cuando esas manos pequeñas le sujetaron el rostro con la fuerza de la desesperación pura, una corriente de alta tensión le había recorrido la espina dorsal. Había sentido algo. Un chispazo violento y devastador que lo había hecho tambalear en su propio eje.
Por una milésima de segundo, la coraza de granito que cubría su mente amnésica había tambaleado. Había dudado.
"¿Y si de verdad la amaba?", la pregunta se filtró en su conciencia con la sutileza de un veneno letal.
Observó el documento legal que Harold le había enviado para iniciar el divorcio y, por primera vez, una punzada de culpa genuina le torció la boca. La imagen de Elara rota, con el rostro empapado en llanto y reclamándole con el alma en un hilo que le devolviera al hombre que la adoraba, se proyectó con una nitidez lacerante. Había sido cruel. Despiadadamente cruel. La había tratado como a una criminal, como a una arribista de pacotilla, cuando los ojos de esa mujer solo destilaban una verdad descarnada y un dolor que ningún actor en el mundo sería capaz de fingir con tanta maestría.
Dante sacudió la cabeza con brusquedad, enderezando el cuerpo. Una risa seca, desprovista de humor, escapó de sus labios.
—No. Es imposible —se dijo a sí mismo, caminando hacia el gran ventanal de cristal blindado que daba a los jardines iluminados con luces LED de la propiedad.

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