El eco de las risas infantiles resonó con una vibración limpia contra las columnas de concreto del sexto piso. Era miércoles por la tarde, y el local deshabitado se sentía menos frío con la presencia de los gemelos. Mateo corría describiendo círculos invisibles alrededor de los pilares de la estructura libre, mientras Amara permanecía de pie frente a la pared principal de la entrada, sosteniendo su dibujo contra el yeso para calcular el espacio.
—Va a quedar perfecto aquí, mami —anunció la niña, volviéndose hacia Elara con los ojos brillantes—. Justo donde la señora de la recepción pueda verlo bien.
Elara sonrió con una calidez auténtica, arrodillándose a su altura para ayudarla a sostener el papel.
—Quedará exactamente ahí, mi amor. Mañana mismo vendrá el arquitecto para empezar a levantar los muros de los consultorios.
Al ponerse de pie, la mirada médica y observadora de Elara se desvió hacia el inmenso ventanal de cristal templado que daba al pasillo exterior del edificio. Al otro lado del vidrio, dos hombres con trajes oscuros cortados a medida y auriculares inalámbricos discretos conversaban con el supervisor de mantenimiento del complejo. No llevaban la identificación estándar del edificio, y la rigurosidad con la que inspeccionaban el punto ciego del ascensor llamó de inmediato su atención.
—¿Ocurre algo con los accesos de la planta? —preguntó Elara al supervisor cuando este se acercó.
—No, doctora, todo está en perfecto orden —respondió el hombre de inmediato, con una cortesía casi exagerada—. La junta del fondo de inversión del edificio ordenó un refuerzo en el protocolo de seguridad privada para esta ala comercial. Es solo para garantizar que el flujo de contratistas a partir de mañana no interfiera con la privacidad del sector. No tiene de qué preocuparse.
Elara asintió lentamente, pero el instinto no se dejó engañar. La precisión con la que evaluaban las salidas de emergencia no parecía una simple rutina de mantenimiento. Sin embargo, obligó a su mente a descartar la paranoia; se rehusaba a permitir que el recuerdo de Dante empañara el primer logro de su nueva vida. Se dio la vuelta, regresando al centro del espacio donde Mateo la reclamaba para mostrarle un escondite entre las columnas, decidida a proteger su presente entre esos muros.
La noche del jueves tiñó el distrito corporativo con un aire exclusivo y distante. El restaurante Nox, ubicado en la terraza privada de una de las torres más cotizadas de la ciudad, había sido cerrado parcialmente para la reserva de Vance Enterprises.
Dante cruzó el umbral del reservado con su habitual paso firme y pausado. Vestía un traje azul medianoche impecable que acentuaba la rigidez de su postura. Sus ojos grises escanearon la estancia vacía antes de detenerse en la única figura sentada a la mesa redonda, dispuesta originalmente para tres comensales. Viviana Belmonte lucía un vestido de seda negra de corte asimétrico que resaltaba su silueta con una sofisticación peligrosa. Su postura era la de una cazadora que dominaba el terreno.
Dante se detuvo frente a la mesa, abotonándose el saco con un movimiento mecánico.
—Señorita Belmonte. Tenía entendido que su padre nos acompañaría esta noche —repuso con su voz densa y cortante, sin ocultar la falta de matices emocionales.
Viviana ensanchó su sonrisa, sosteniendo la mirada fija del magnate mientras apoyaba la barbilla sobre sus dedos entrelazados.
—Mi padre tuvo un contratiempo de última hora, señor Vance —mintió ella con una parsimonia ensayada—. Insistió en que no canceláramos la cena. Después de todo, las proyecciones del siguiente trimestre las ejecuté yo, y soy la más interesada en que nuestra visión de negocios esté perfectamente alineada. Por favor, tome asiento.

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