El nuevo día comenzó con una bofetada de realidad digital. Elara estaba sentada en la barra de la cocina, sosteniendo la taza de café que Rosa le había preparado, cuando las notificaciones de su tableta comenzaron a explotar. Los portales de farándula y las cuentas de la élite competían por el mismo titular: «¿El regreso del rey? Dante Vance y la heredera Viviana Belmonte, capturados en una cena íntima que sella la alianza del año».
La fotografía principal, tomada a la distancia a través de los ventanales del restaurante Nox, mostraba a Viviana inclinada hacia un Dante impecable en su traje azul medianoche. La iluminación tenue y la cercanía forzada por el ángulo de la lente vendían una complicidad absoluta.
A Elara se le oprimió el pecho, sintiendo un vacío frío que le cortó la respiración. Aunque se repetía a sí misma que debía ser fuerte, que no importaba, la verdad la golpeaba con fuerza: lo amaba. Lo amaba con cada fibra de su ser, y ver el espacio que una vez le perteneció siendo invadido por otra, le destrozaba el alma. Se limpió una lágrima traidora con el dorso de la mano, guardó la tableta en su bolso junto a una carpeta de documentos y salió hacia el distrito médico. Necesitaba refugiarse en el trabajo.
Horas más tarde, el sexto piso de la torre médica bullía con el silencio de las estructuras vacías. Elara acababa de despedir al diseñador de interiores y caminaba hacia el vestíbulo de los ascensores para bajar a la planta principal. Su mente seguía fija en la imagen de la prensa rosa.
El sonido metálico del ascensor anunció su llegada. Las puertas de acero inoxidable se deslizaron con suavidad y el mundo de Elara se detuvo en seco.
Ahí estaba él.
Dante Vance salía del cubículo, acompañado por el gerente de la filial inmobiliaria, revisando unos planos digitales en una tableta corporativa. Al levantar la vista, sus ojos grises se estrellaron directamente contra los de Elara. La coincidencia los golpeó como una corriente eléctrica.
En ese microsegundo, el pasillo pareció perder el aire. El corazón de Elara dio un vuelco violento, una mezcla de dolor agudo y adrenalina pura al tener de frente al hombre que le estaba rompiendo el alma con su indiferencia. Por su parte, Dante se tensó por completo; su pulso se desbocó de una manera salvaje que su mente analítica no pudo controlar, acelerándose al punto de provocarle esa punzada familiar e irritante en las sienes ante la simple cercanía de la mujer.
Elara, con la herida de la mañana ardiendo en carne viva, no lo pensó. Avanzó con pasos rápidos, lo tomó del brazo con firmeza y miró al gerente del edificio con una autoridad médica incontestable.
—Déjenos solos. Ahora —ordenó.
El empleado parpadeó, intimidado, y miró a Dante buscando confirmación. El magnate, atrapado en la tormenta interna que la presencia de Elara siempre desataba, hizo un sutil gesto con la cabeza. El hombre se retiró de inmediato por las escaleras de servicio.
Sin soltarlo, Elara lo arrastró hacia el interior del local deshabitado del sexto piso, cerrando la puerta de cristal detrás de ellos para asegurar una privacidad absoluta. Las columnas de concreto y la luz de la tarde fueron los únicos testigos.
—¿Qué significa esto, Dante? —preguntó Elara, con la voz quebrada por el dolor acumulado. Abrió su bolso, extrajo la tableta con la portada digital de la cena y se la mostró—. ¿Esto es lo que somos ahora? ¿Esto es lo que dejas que el mundo vea mientras desmantelas nuestra vida?
Dante observó la pantalla con frialdad, aunque por dentro su pulso seguía desbocado de manera traicionera.

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