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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 169

El silencio en el piso ejecutivo se había vuelto denso, casi asfixiante, con el paso de las semanas. Dante Vance revisaba los informes financieros trimestrales en su pantalla de alta resolución, pero por tercera vez en la mañana, los gráficos de rendimiento y las proyecciones de inversión se emborronaron ante sus ojos. Su mirada, gobernada por un impulso que no lograba controlar, se desvió inevitablemente hacia el cajón inferior derecho de su escritorio.

​Allí, resguardado bajo llave, reposaba el documento de la demanda de divorcio.

​Elara asumía que Dante ya había enviado el documento al juzgado para sellar su libertad legal. Sin embargo, el papel seguía ahí, intacto. Solo faltaba la firma de él para que el trámite fuera definitivo, pero Dante continuaba retrasándolo bajo la vaga excusa de cualquier imprevisto corporativo. La realidad, una que ni siquiera se atrevía a confesar a sí mismo, era que la indiferencia de la mujer lo tenía sumido en una confusión sorda. Su mente no lograba descifrar por qué, cada vez que sostenía el bolígrafo sobre la línea de firma, una opresión violenta en el pecho le impedía plasmar su rúbrica. Su subconsciente se negaba a romper ese último lazo.

​El sonido suave de la puerta de cristal interrumpió su abstracción. Marcus cruzó el umbral con una carpeta entre las manos, deteniéndose a una distancia prudente.

​—Señor, los abogados de la señora Elara han enviado la conformidad para el régimen provisional de visitas de los fines de semana —anunció Marcus, midiendo la neutralidad de su tono—. Dado que ella considera el proceso de divorcio como un asunto concluido por su parte, ha exigido, mediante una cláusula formal, que no exista ningún tipo de comunicación directa, telefónica o presencial entre ustedes. A partir de este momento, todo lo relacionado con los menores se manejará estrictamente por la vía legal.

​Dante apretó el bolígrafo con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Ella ya no le rogaba. No había llamadas, ni lágrimas, ni reclamos. Elara estaba cumpliendo su palabra con una distancia que a él, irónicamente, le resultaba exasperante. El cazador se descubría de pronto atrapado en la misma red de hielo que solía imponer a sus rivales de negocios.

​—Prepara el auto para el sábado por la mañana —ordenó Dante, forzando a su voz a recuperar la rigidez habitual—. Yo mismo iré a buscarlos. No quiero intermediarios en el proceso de traslado.

​El sábado amaneció con una luz invernal y clara que se filtraba entre los rascacielos de la ciudad, tiñendo de gris el asfalto. Cuando el imponente Rolls-Royce blindado se detuvo frente a la residencia de Elara, Dante experimentó una extraña y desagradable agitación en la boca del estómago. Permaneció en el asiento del copiloto, con la mandíbula tensa, observando la entrada a través del parabrisas.

​Marcus bajó con paso firme para recibir a los niños de manos de la niñera. Tal como temía, Elara no se tomó la molestia de aparecer ni por asomo. No hubo un cruce de miradas, ni un rastro de su perfume flotando en el aire matutino; solo una ausencia pesada que parecía recordarle a Dante el precio de su propia soberbia.

​Las puertas traseras se abrieron y los gemelos subieron al habitáculo. En cuanto los seguros automáticos se activaron con un chasquido seco, el ambiente dentro del coche se transformó por completo, volviéndose denso y cargado de una timidez infantil que cortaba el aire. Mateo y Amara se acomodaron en los asientos de piel, abrazando sus mochilas contra sus pechos, con la mirada fija en sus propios zapatos. Se mostraban cautelosos, maduros a la fuerza, protegiéndose instintivamente de la distancia que su propio padre les había impuesto semanas atrás.

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