Entrar Via

Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 170

El trayecto terminó en el patio de adoquines de la mansión, donde el motor del Rolls-Royce se apagó con un siseo casi imperceptible. Marcus abrió la puerta trasera con su eficiencia habitual. Los niños bajaron despacio, arrastrando las suelas de sus tenis contra la piedra pulida, con los hombros encogidos. Miraban el gran jardín de setos perfectamente recortados como quien visita un museo silencioso.

​Dante los guió hacia la sala de estar principal. Sus propios zapatos de suela de cuero producían un eco rotundo en el mármol del recibidor, un contraste incómodo con los pasos casi flotantes de los gemelos. Al entrar al salón, la simetría perfecta del diseño de interiores se rompía por completo. En el centro de la enorme alfombra beige, desentonando con el orden milimétrico que Dante siempre exigía, se apilaban varias cajas de cartón sin abrir y bolsas de tiendas exclusivas.

​Al no saber qué les gustaba, Dante simplemente había enviado un correo electrónico a su equipo de asistencia: «Compren juguetes para niños de cinco años. Los mejores disponibles. Traigan variedad». El resultado era un despliegue absurdo de riqueza: complejos juegos de construcción modular, pistas de carreras eléctricas que prometían abarcar metros de suelo y cajas metálicas con cierres de imán que guardaban decenas de lápices de madera fina.

​Mateo se detuvo a dos pasos de la pila. Sus ojos oscuros recorrieron una caja grande que mostraba un intrincado juego de engranajes mecánicos y poleas. Se arrodilló despacio, cuidando de no golpear sus rodillas contra el suelo, y tocó el cartón con el dedo índice, justo sobre el dibujo de una rueda dentada. Pero no intentó tirar de la solapa. No rompió el precinto de plástico. Simplemente lo observo.

​Amara, en cambio, se movió por un impulso diferente. Caminó directo hacia los lápices de colores, ignorando las muñecas de porcelana y las casas de madera que costaban el salario mensual de un analista júnior. Se sentó sobre sus propias piernas en la alfombra, hundiendo el peso de su cuerpo en la lana densa, y tiró de la lengüeta metálica de la caja con un movimiento seco.

​El sonido de los lápices rodando, chocando entre sí rompió la rigidez del lugar. La niña tomó un color rosa, un tono brillante, y comenzó a trazar círculos enérgicos sobre una hoja en blanco que Marcus había dejado cerca. La niña apretaba tanto la mano que la madera crujía contra el papel.

​Dante se sentó en el borde del sofá. La postura era incómoda; el sofá estaba diseñado para el descanso, pero él permanecía con la espalda tensa, demasiado rígido para la escena que presenciaba. Apoyó los codos en las rodillas y entrelazó los dedos, observando el movimiento caótico y veloz del lápiz. Ver a su hija gastar grafito sin una dirección clara le resultaba fascinante y, al mismo tiempo, ajeno.

​—¿Qué estás dibujando? —preguntó. Su voz, acostumbrada a proyectarse en salas de juntas, sonó demasiado profunda en el salón semivacío.

​Amara detuvo el trazo un segundo, dejando la punta del lápiz hundida en el centro de un torbellino rosa. El color ya se había roto un poco en el extremo, dejando pequeñas migajas de cera y polvo rosa esparcidas sobre la hoja.

​—Un castillo —dijo, sin levantar la vista—. Uno muy alto.

​Luego tomó el color verde oscuro y comenzó a rayar directamente encima del rosa, destruyendo la forma anterior sin ninguna lógica artística aparente, solo por el puro placer físico de llenar el espacio en blanco.

Dante parpadeó. Su mente, acostumbrada a buscar la estructura y la funcionalidad en planos arquitectónicos y proyectos de inversión, se topó de frente con una pared de pura imaginación infantil. No entendía el proceso. Miró el dibujo deforme, que ahora parecía una mancha boscosa, y luego desvió los ojos hacia el gran ventanal de doble acristalamiento.

​Afuera, el jardín exterior se extendía en hectáreas de terreno perfectamente nivelado, una tierra baldía y ornamental que solo generaba facturas de paisajismo y mantenimiento trimestral. En su cabeza, de forma casi automática, empezó a trazar líneas imaginarias sobre el césped: una estructura de madera tratada, puentes colgantes, un área de juegos techada con aislamiento climático y un circuito seguro para correr. Un parque privado que dejaría pequeña a cualquier atracción pública de la ciudad. Contrataría a los mejores ingenieros del país para construir un reino entero si ellos se lo pedían.

​—Puedo mandar a construir un castillo de verdad en el jardín —dijo Dante, observando la nuca de la niña, donde el cabello fino se dividía en dos coletas perfectas—. Uno con torres de madera donde puedan subir y ver toda la propiedad.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cadenas de odio: La esposa equivocada