Dante regresó del estudio en menos de tres minutos con el sacapuntas en mano. Se sentó de nuevo en el borde del sofá, tomó el lápiz rosa y lo arregló, dejando la punta perfecta antes de devolvérselo a Amara. La niña lo tomó sin decir nada y continuó rayando el papel, concentrada en llenar la hoja con trazos enérgicos.
A unos metros, en el suelo, Mateo encajaba las piezas de los engranajes con una velocidad intuitiva que no requería instructivos. En pocos minutos, el niño ya había armado una estructura funcional y la hacía girar con el dedo, serio, analizando el movimiento de las ruedas dentadas sin celebrar el éxito. Dante lo observaba en silencio, reconociendo en esa concentración meticulosa un reflejo idéntico de su propia forma de ser.
El tiempo transcurrió sin prisas en la gran sala hasta que el reloj marcó las seis de la tarde. Marcus se presentó en el umbral para anunciar que la merienda estaba servida en el comedor.
A diferencia de la calidez a la que los niños estaban acostumbrados en su propia casa, aquí el ambiente era pulcro y distante. Los platos con bocadillos individuales estaban servidos con una estética perfecta, pero los gemelos apenas probaban bocado.
Amara movió un vaso con las manos y miró a Dante a través de la mesa.
—Papá —dijo la niña, con esa voz suave que a él le revolvía el pecho.
Dante dejó los cubiertos.
—¿Sí?
—¿Vas a tardar mucho en curarte de la cabeza? —Amara lo miró fijamente con seriedad—. ¿Cuándo vamos a volver a estar todos juntos? Con mami. Como antes de que te durmieras en el hospital.
Mateo detuvo el movimiento de sus dedos. Sus ojos se clavaron en su padre, esperando la respuesta.
Dante experimentó una contracción incómoda en la garganta. No había una explicación lógica para responder a eso sin mencionar el papel firmado que guardaba bajo llave en su despacho.
Marcus, que estaba cerca organizando la agenda en la tableta, dio un paso al frente de inmediato para romper la tensión antes de que el silencio se volviera insoportable para los niños.
—Señorita Amara, el chef preparó también helado de fresa natural para después —intervino Marcus, modulando el tono con profesionalismo—. Señor Vance, disculpe la interrupción, pero el señor Belmonte llamó hace un momento. Dijo que pasaría con su hija a recoger los anexos del contrato que se quedaron en su despacho ayer, ya que les queda de paso hacia el club de campo para el fin de semana.
Dante asintió, aliviado por el quite de Marcus. El terreno de los negocios era el único donde se sentía seguro.
Sin embargo, los Belmonte llegaron antes de lo previsto. El timbre principal no llegó a sonar dos veces cuando los pasos firmes del viejo Belmonte y la risa ligera de Viviana ya se escuchaban por el pasillo de mármol. El hombre no era de los que esperaban en el vestíbulo; se manejaba con la confianza de quien se siente dueño del lugar.

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