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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 172

El silencio en el comedor tras la partida de los Belmonte no se rompió con explicaciones. Dante se mantuvo de pie unos segundos, observando las dos sillas donde sus hijos permanecían inmóviles, como dos pequeñas estatuas de reserva. Mateo volvió a tomar el tenedor con la misma parsimonia fría de antes, mientras Amara empujaba el cuenco de helado ya medio derretido hacia el centro de la mesa. La tensión no se disipó; simplemente se acomodó en las esquinas de la habitación.

​La noche cayó sobre la mansión sin que el ambiente ganara un ápice de calidez. A las nueve, Dante hizo una señal a Marcus para que se retirara y caminó junto a los gemelos hacia el ala este, guiándolos él mismo por los pasillos en penumbra. El silencio los acompañó hasta las dos habitaciones contiguas que conectaban a través de un baño amplio. Dante se detuvo en el umbral, observando los movimientos mecánicos de los niños: Mateo dejó sus tenis perfectamente alineados junto al clóset; Amara se hundió en las sábanas blancas con los ojos fijos en el techo. No hubo cuento antes de dormir, ni un amago de abrazo. Un simple «buenas noches» por parte de Dante fue el único cierre antes de apagar la luz principal.

​Abajo, en la penumbra del gran salón, el crujido de un hielo al fracturarse fue el único sonido que compitió con el zumbido sutil de la calefacción central.

​Dante sostenía un vaso corto de cristal tallado. El líquido ámbar del whisky captaba los reflejos de la única lámpara de pie encendida. Se llevó el vaso a los labios, dejando que el ardor del alcohol le rascara la garganta mientras miraba a través del ventanal hacia la negrura del jardín.

​Cerró los ojos con fuerza, presionando los párados hasta ver destellos oscuros en su mente. Intentó forzar el vacío. Buscó el rostro de Elara en los fragmentos borrosos anteriores, buscó el olor que sus ropas desprendían, buscó la sensación de su mano sobre la de ella.

​Nada.

​El cerebro le devolvía una pantalla en blanco, un muro de hormigón liso. Sentía una apatía helada, una desconexión tan absoluta que le resultaba irritante. No había nostalgia, no había remordimiento; solo la fría certeza de que esa mujer, la madre de sus hijos, era una perfecta desconocida. Le de dio un segundo trago al whisky, disfrutando de la anestesia del alcohol. El hecho de que Viviana y su padre estuvieran presionando con las cláusulas de la alianza Belmonte le resultaba un problema mucho más manejable y lógico que el enigma familiar en el que se encontraba.

​Al otro lado de la ciudad, la luz de la planta alta de la residencia Ríos seguía encendida.

​Elara caminaba por el pasillo central con un teléfono presionado contra la oreja. Llevaba el cabello recogido en un moño deshecho y unos pantalones cómodos, pero la rigidez de sus hombros delataba que no había descansado en todo el día. Se detuvo frente a la puerta abierta de la habitación de los gemelos. Las camas estaban perfectamente tendidas, vacías, con los peluches alineados sobre las almohadas. Una opresión conocida le apretó el pecho.

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