Al pie de la acera, el sedán negro aguardaba con el motor en marcha, cortando la llovizna con un ronroneo metódico. Marcus dio dos pasos al frente, desplegando un paraguas de golf para cubrirlo mientras le abría la portezuela trasera.
Dante subió al habitáculo. El silencio absoluto lo recibió como un santuario, aislando de inmediato el bullicio de la avenida.
—¿A la Place Vendôme, señor? —preguntó el chofer, incorporándose al tráfico parisino.
—Sí —respondió Dante, apoyando la espalda en el asiento de cuero.
Marcus cerró la puerta del copiloto y se giró levemente, sosteniendo la tableta corporativa con discreción.
—Señor, el borrador del acuerdo marco ya entró al sistema de la prefectura. Jean-Paul envió la pre-autorización desde su terminal personal hace tres minutos. No hubo necesidad de activar el correo del ministro.
—Lo sabía. Jean-Paul es un cobarde con credenciales, Marcus. Esos son los más fáciles de quebrar. ¿Viviana solicitó transporte?
—Le asigné el segundo vehículo de la firma, señor. El conductor la recogerá en cuanto el restaurante notifique que la mesa ha sido liberada.
Dante asintió apenas, con el rostro inexpresivo. Viviana se quedaría sola en ese lugar, asimilando el peso de haber sido relegada por un hombre que operaba con pura lógica matemática. Ella había intentado jugar a la condescendencia para ganar terreno personal, pero él se había movido de forma implacable, dejándola atrás sin contemplaciones.
Marcus revisó la pantalla de su dispositivo antes de continuar, midiendo el tono de su voz a través del espejo retrovisor.
—La oficina de Nueva York envió el reporte de correspondencia del bloque ejecutivo. Lo que mencionó la señora Ríos por teléfono... la invitación formal para la inauguración de la clínica.
El Mercedes se detuvo ante un semáforo. Las luces de la ciudad se distorsionaban sobre el cristal húmedo.
—¿Cuándo llegó? —preguntó Dante, con la voz cortante.
—El miércoles por la tarde, en el último corte de mensajería. Quedó archivada en la carpeta de patrocinios locales por un error de filtrado del departamento de relaciones públicas. Asumieron que era un compromiso comunitario menor.
Dante desvió la mirada hacia la ventanilla, apretando la mandíbula. No le cuadraba. Elara apenas le dirigía la palabra y se mantenía siempre a la defensiva; no tenía sentido que le enviara una tarjeta formal a su despacho. Y que su propia gente hubiera decidido ignorar ese documento sin consultarle solo aumentaba su irritación.
—Quiero los nombres de los responsables de ese filtrado en mi escritorio el lunes —ordenó Dante. La voz era plana, pero cargada de advertencia—. Una falla de criterio de ese nivel es inaceptable.
—Entendido, señor.

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