El aire del aeropuerto JFK era un remolino de prisa, maletas arrastradas por los suelos y anuncios mecánicos que dictaban el ritmo de vidas ajenas en la tarde del jueves. Elara caminaba a paso lento por el vestíbulo de llegadas, sosteniendo a Mateo de una mano y a Amara de la otra. A su lado, Rosa avanzaba con el rostro iluminado por una mezcla de orgullo materno y un alivio que no había sentido en meses.
—¿Ya va a salir el tío Leo, mamá? —preguntó Amara, dando un pequeño salto sin soltar los dedos de Elara, con los ojos fijos en la gran puerta de desembarque.
—Sí, mi amor. El avión ya aterrizó —respondió Elara, forzando una sonrisa para contener la tensión que le crispaba el estómago.
Rosa se acomodó las solapas del abrigo, con la vista clavada en la marea constante de pasajeros.
—Aún no me creo que mi muchacho esté aquí —murmuró la anciana, con la voz un poco tomada por la emoción—. Saber que por fin lo tendré cerca me devuelve la vida.
La puerta de llegadas se abrió y un flujo constante de personas comenzó a salir. Entre la multitud, la figura de Leo Gerber destacó de inmediato. Tenía esa desenvoltura ruda de quien ha pasado años lidiando con terrenos difíciles; vestía una chaqueta de abrigo pesada y cargaba un bolso de lona al hombro. Al descubrir al grupo de rostros conocidos, la rigidez de sus facciones desapareció.
Rosa no esperó. Fue un abrazo cerrado, de esos que aíslan el ruido del mundo; Leo levantó a su madre ligeramente del suelo mientras le besaba la frente, murmurándole al oído lo mucho que la había extrañado. Rosa se limpió una lágrima rápida con el dorso de la mano antes de dar un paso atrás para dejarle espacio a los niños.
—¡Tío Leo! —gritaron los gemelos al unísono, soltándose de Elara para abalanzarse contra sus piernas.

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