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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 183

​Semanas atrás (Flashback)

El reloj de pared del despacho marcaba las tres de la madrugada. La casa era un mausoleo de sombras y Elara ni siquiera se había quitado la ropa de día. Tenía los informes médicos esparcidos sobre el escritorio, iluminados por el haz de luz de la lámpara, pero sus ojos no veían los tecnicismos de las hojas, sino la dolorosa realidad que enfrentaban en casa.

​Esa tarde, la mirada de Dante la había quebrado por completo. Verlo interactuar con Mateo y Amara con esa cortesía gélida y distante, como si fueran los hijos de un socio o de un extraño, era superior a sus fuerzas. Dante, el hombre que antes del atentado adoraba a esos niños más que a nada en el mundo, el que iluminaba la habitación solo con abrazarlos, ahora los trataba como simples variables en su espacio. Elara sintió un pánico asfixiante ante la perspectiva de que ese bloqueo fuera definitivo; no podía permitir que sus hijos crecieran bajo la sombra de esa indiferencia, añorando a un padre que estaba físicamente presente pero completamente extinto por dentro.

​Los neurólogos locales insistían en mantenerlo bajo una contención química que no mostraba avances. Esos sedantes tradicionales solo adormecían sus funciones cognitivas sin reparar el daño real, amenazando con congelar su cerebro en ese estado de amnesia permanente. Su mente iba a olvidar cómo recordar si nadie forzaba el puente.

​Desesperada, con el alma rota de una madre y esposa que se negaba a aceptar que el hombre que amaba se hubiera perdido para siempre en un cuerpo ajeno, Elara tomó el teléfono y marcó el número internacional. Cada tono de espera era un golpe en sus sienes.

​Al cuarto timbre, una voz grave y cansada respondió al otro lado de la línea.

​—¿Diga?

​—Keller... ayúdame —susurró Elara, presionando el auricular contra su oído, bajando la voz en medio del silencio de la residencia—. La medicación convencional no le está ayudando en nada, solo mantiene el bloqueo. Dante está ausente con nosotros... somos unos desconocidos para él. No puedo cruzarme de brazos y ver cómo mis hijos crecen con la indiferencia de un padre que los amaba más que a su propia vida. Tengo miedo de que este hombre frío sea el que se quede para siempre. Si no intervenimos, esos fármacos van a atrofiar sus vías neurológicas de forma definitiva. Necesito el compuesto neurovascular.

​Hubo un silencio denso en la línea. Elara podía escuchar la respiración pausada de su viejo mentor, midiendo la profundidad del dolor legítimo en las palabras de su alumna.

​—Es una sustancia sumamente peligrosa, hija —advirtió Keller, con una dureza paternal—. Sabes perfectamente cómo funciona. Dilata los vasos sanguíneos cerebrales de golpe, obligando al torrente a irrumpir en las zonas bloqueadas para reactivarlas. Pero con la potencia de este compuesto, los efectos secundarios serán un calvario físico. El dolor puede ser intolerable.

​Elara apretó los dientes, clavándose las uñas en la palma de la mano libre, dispuesta a ganarle la batalla al olvido.

​—Prefiero asumir el riesgo controlado de este tratamiento antes que dejar que se desvanezca por completo y perder a mi familia para siempre —afirmó, con una determinación implacable—. Envíeme el compuesto con Leo. Nadie más puede enterarse de esto.

​Tras un largo suspiro, el anciano cedió.

​—Leo irá. Solo ten cuidado. Estás entrando a ciegas en el laboratorio de su mente.

​Presente (Jueves por la noche)

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