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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 184

El vestíbulo principal de la clínica Ríos era un murmullo constante de voces, risas y el tintineo de copas que chocaban en el aire. El espacio lucía abarrotado de médicos, enfermeros y excompañeros de la facultad que recorrían las instalaciones con genuina admiración.

​Elara se encontraba cerca de la entrada principal, vistiendo un traje de seda de color marfil que le sentaba como una segunda piel. Recibía de frente la marea constante de felicitaciones, sosteniendo las tarjetas de presentación que le extendían y respondiendo a cada elogio de los directores de hospital con un asentimiento preciso y una sonrisa impecable que disimulaba el cansancio de las últimas semanas. A pesar de la elegancia del entorno y de estar atenta a los invitados, su verdadera atención estaba abajo, en las dos pequeñas figuras que se aferraban a su ropa. Mateo, elegantísimo con su esmoquin, observaba a los presentes con curiosidad, mientras Amara, con un atuendo blanco y la nariz un poco arrugada por la emoción, saludaba con la mano a cada persona que pasaba por el umbral.

​—Esto es por ustedes, mis amores —les susurró Elara, agachándose por un segundo para acomodar el cuello de la camisa de Mateo y besar la frente de Amara—. Todo esto es para que siempre tengan un lugar seguro.

​Al incorporarse, vio que Rosa se acercaba despacio, esquivando las bandejas de los camareros, con el rostro iluminado por un orgullo profundo que no intentaba ocultar. A su lado, Sophie caminaba sin prisa, sonriendo mientras Thomas la sostenía suavemente por la cintura para protegerla del vaivén de los invitados que se agrupaban cerca de las columnas. Un par de pasos más atrás, manteniendo su habitual discreción y la mirada atenta, la silueta robusta de Leo vigilaba el lugar con los brazos cruzados sobre el pecho.

​Minutos después, el maestro de ceremonias llamó a los asistentes al centro del vestíbulo para el acto oficial; su voz, templada y protocolaria, resonó clara por los altavoces. El silencio se instaló de inmediato en la planta, apagando el tintineo de las copas. Un asistente de la clínica se aproximó portando una bandeja de plata donde descansaba una pesada tijera dorada.

​Elara tomó las tijeras, sintiendo el frío del metal en la palma. La prensa local y los fotógrafos especializados se agolparon al frente, ajustando los objetivos de sus cámaras y buscando el mejor ángulo entre la multitud. Ella miró a su alrededor, registrando los rostros de quienes la habían sostenido en su peor momento. Divisó a Sophie, a Thomas, a Rosa y, un poco más atrás, el asentimiento sutil de Leo desde la penumbra del pasillo lateral.

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