La mañana del sábado en París se asentó con una luz grisácea que se filtraba por los altos ventanales de la suite presidencial en la Place Vendôme. Los asuntos de la aduana de Lyon y la validación arancelaria con el ministerio francés habían quedado resueltos; el sistema de la central ya mostraba los sellos de conformidad digital. El papeleo europeo estaba cerrado.
Dante estaba de pie frente al espejo del vestidor, abotonándose los puños de la camisa con movimientos mecánicos, exactos. Al salir a la estancia principal, Marcus lo aguardaba junto a la mesa de juntas. Allí reposaban tres cajas forradas en papel texturizado mate y cintas de lino oscuro: las adquisiciones que Dante había ordenado traer de las boutiques del Faubourg Saint-Honoré.
—El kit de robótica avanzada con programación de frecuencia modular ya está embalado, señor —informó Marcus, señalando la caja más grande—. Es la edición limitada que la filial de Múnich distribuye solo bajo pedido. A Mateo le va a encantar.
Dante se acercó y rozó el borde del empaque con la yema de los dedos. Una sutil línea de tensión se disipó en su frente. Necesitaba romper la distancia que el niño le devolvía en cada encuentro. Mateo no era un niño común; requería un desafío que de verdad forzara su atención.
—Mateo no se conforma con cualquier juguete, Marcus —respondió Dante, con voz llana, antes de desviar la mirada hacia el segundo paquete, más pequeño y con un relieve dorado—. ¿Y lo de Amara?
—La casa de muñecas victoriana en miniatura, con el mobiliario de porcelana a escala. El ebanista entregó el porche ayer por la tarde.
Al mirar esa caja, la expresión de Dante cambió. Podía prever la nariz arrugada de su hija, el peso de su cuerpo saltando contra su cuello sin importarle arrugar el traje. Por Amara, el reloj podía detenerse.
Sus ojos descendieron finalmente al último estuche. Un joyero de terciopelo, alargado y estrecho, apartado del resto. Dante lo tomó y presionó el resorte. La tapa se abrió con un clic seco, revelando una gargantilla de platino con un diamante solitario de corte brillante. Una pieza sobria. Rígida.
Marcus observó el destello de la piedra y una ligera línea de ironía estiró la comisura de sus labios.
—Un espécimen de ese calibre en la Rue de la Paix suele entregarse como una declaración de intenciones, señor. O como una tregua costosa.
Dante cerró la tapa de golpe. El chasquido cortó el aire de la suite. Clavó una mirada fija en su asistente; no había ira en sus ojos, sino una advertencia helada.
—Es la madre de mis hijos, Marcus —soltó, con un tono bajo que no admitía réplicas—. Es un regalo. Nada más.

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