El jet aterrizó en Nueva York al caer la tarde del sábado. Tras dejar a Viviana en su residencia, el sedan negro se enfiló directamente hacia el cuadrante donde se ubicaba la casa de Elara. El magnate no iba a esperar al lunes para entregar los obsequios de los niños; la necesidad de acortar la distancia con ellos y de pisar el suelo que sentía bajo amenaza lo empujaba con una urgencia que no admitía prórrogas.
El auto se detuvo frente a la verja de hierro de la casa de Elara. Dante bajó sosteniendo las cajas de Mateo y Amara bajo el brazo. El estuche de terciopelo con la gargantilla de platino se quedó en el fondo de su maletín de cuero; tras ver las fotos de la gala, su orgullo le impedía dejarle un regalo a la mujer que sonreía en los ventanales con otro.
Cruzó el sendero de piedra con pasos largos. Al llegar al porche, la puerta principal se abrió antes de que pudiera estirar la mano hacia el timbre.
Dante se detuvo en seco. El pulso se le aceleró de golpe.
La silueta de Leo Gerber ocupaba el umbral. Vestía una camisa de franela ligera y pantalones oscuros, con una actitud tan instalada que delataba que no era un visitante de paso. Tenía los hombros relajados, pero su posición bloqueaba sutilmente el acceso directo al interior. Sus ojos sostuvieron la mirada de Dante sin un ápice de sorpresa o sumisión.
Dante lo barrió con una mirada despectiva, sintiendo el impacto de la sorpresa transformarse en una hostilidad fría. La atmósfera en el porche se volvió pesada en un segundo.
—Vance —dijo Leo, con una voz pausada y grave, manteniendo las manos visibles.
Dante no devolvió el saludo. El desprecio le tensó la línea de la mandíbula. Estaba a punto de exigir una explicación cuando el eco de unos pasos rápidos desarmó la tensión del porche.
—¡Papá!
Una silueta pequeña cruzó el vestíbulo como una exhalación. Amara se arrojó hacia las piernas de Dante, abrazándolo con una fuerza que lo obligó a desviar los brazos para no golpearla con los paquetes. La niña enterró la cara en la tela de su pantalón.

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