La lancha rápida saltaba sobre las crestas de las olas del Mar del Norte como una astilla de madera en una licuadora de granito y salitre. Elara estaba tirada en la popa, con el sabor ferroso de la sangre llenándole la boca y la lluvia golpeándole el rostro con la fuerza de perdigones. A su lado, Camila —su propio rostro, pero deformado por una expresión de triunfo psicópata— gritaba órdenes al piloto mientras sostenía la pistola con una mano y se sujetaba del casco con la otra.
—¡Míralo, Elara! —chilló Camila, señalando el helicóptero que rugía sobre ellas, proyectando una luz cegadora que transformaba el mar en un escenario de pesadilla—. ¡Tu caballero de armadura oxidada viene a reclamar su juguete! ¿Crees que viene a salvarte? Viene a asegurarse de que nadie más rompa lo que él cree que le pertenece por contrato.
Elara intentó levantarse, pero el dolor en sus costillas la obligó a caer de nuevo. Miró hacia arriba. Dante estaba allí, colgado del patín del helicóptero, desafiando a la muerte con una imprudencia que solo nace de la posesión absoluta. Por un segundo, sus miradas se cruzaron a través del caos. Dante ya no tenía esa mirada de odio frío; era algo peor. Era una desesperación maníaca.
—¡SALTA, DANTE! —rugió Camila, disparando hacia el helicóptero—. ¡SALTA AL INFIERNO CON NOSOTRAS!
Y Dante saltó.
No fue un movimiento elegante. Fue una caída bruta de seis metros. Su cuerpo impactó contra el agua a escasos centímetros de la lancha y, con una fuerza que desafiaba las leyes de la física, sus manos enguantadas se cerraron sobre la borda de metal. La lancha se inclinó violentamente. Camila disparó, pero el balanceo del bote desvió la bala, que fue a incrustarse directamente en el motor.
El motor tosió, soltó una nube de humo negro y se detuvo. El silencio que siguió, solo roto por el rugido del viento, fue aterrador.
Dante se impulsó hacia arriba, trepando por el costado como un demonio que emerge del Estigia. Cuando sus botas tocaron la cubierta, el aire pareció congelarse. Estaba empapado, con la camisa pegada a su cuerpo hercúleo y los ojos ardiendo con una furia que hizo que incluso Camila retrocediera un paso.
—Suéltala —la voz de Dante no fue un grito. Fue una vibración baja, letal, que se escuchó por encima de la tormenta.
Camila apuntó a la cabeza de Elara.
—Un paso más y le vuelo los sesos, Dante. Así no tendrás que preocuparte por cuál de las dos es la que odias.
—Ya sé quién es ella —dijo Dante, dando un paso adelante, ignorando el arma—. Sé que ella es la mujer a la que le destruí la vida. Y sé que tú eres el cadáver que camina y que voy a enterrar esta noche.
—¡Mientes! —gritó Camila—. ¡Amas el castigo! ¡Amaste cada vez que la hiciste llorar pensando que era yo! ¡Eres tan monstruo como yo, Dante Vance! ¡Somos iguales!
—No —intervino Elara, encontrando su voz entre el dolor. Se puso de pie lentamente, apoyándose en el motor caliente. Miró a Dante con una frialdad que lo hizo palidecer—. Él es peor que tú, Camila. Tú me odias porque soy tu espejo. Él dice que me ama mientras me encadena.
Dante la miró, y el dolor en sus ojos fue real, pero Elara no sintió piedad. Sentía un vacío inmenso.
En un movimiento relámpago, Dante se lanzó sobre Camila. El arma se disparó hacia el cielo antes de salir volando hacia el mar. Dante tomó a Camila por el cuello, pero ella, entrenada en los bajos fondos, sacó una pequeña navaja de su bota y la hundió con saña en el hombro de Dante.
Él no soltó un solo quejido. La golpeó con el antebrazo, mandándola contra la borda. Camila, viendo que el helicóptero de refuerzo se acercaba, miró a su hermana una última vez.
—Esto no termina aquí, Elara. Él nunca te dejará ir. Preferirá verte muerta antes que libre.
Sin dudarlo, Camila se lanzó de espaldas al mar embravecido. Las sombras de las olas la tragaron al instante.
Dante se desplomó de rodillas, presionando su hombro sangrante, respirando con dificultad. El helicóptero empezó a bajar una canasta de rescate. Él extendió la mano hacia Elara, intentando alcanzarla.
—Elara... estás a salvo. Te tengo.

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