El rugido de los motores del jet privado, se extinguió sobre la pista de Nueva York como el último suspiro de un gigante herido. No hubo fanfarrias ni celebraciones. El aire de la Gran Manzana, pesado y cargado de electricidad antes de una tormenta de verano, recibió a los ocupantes con una indiferencia glacial.
Dante Vance descendió primero. Su brazo izquierdo, aún inmovilizado por el vendaje bajo su americana de corte italiano, era la única marca física de la batalla en el Mar del Norte. Sin embargo, su rostro era una máscara de granito. Sus ojos, antes cargados de una furia con propósito, ahora solo reflejaban un vacío existencial. Detrás de él, Elara emergió de la cabina. Llevaba un vestido negro liso, severo, que acentuaba su palidez espectral. Sus pasos eran lentos, pero cada vez que sus tacones golpeaban el metal de la escalerilla, el sonido resonaba como una sentencia de muerte.
—El coche espera, Elara —dijo Dante, intentando que su voz sonara firme, aunque el temblor en sus manos delataba su vulnerabilidad—. Alfonso ya ha sido trasladado a la clínica privada de la mansión. Tendrá los mejores cuidados del país.
Elara se detuvo a un paso de él. No lo miró. Observó el horizonte de rascacielos con una extrañeza dolorosa. Había pasado tanto tiempo desde que era una chica con sueños en esta ciudad... ahora regresaba como la esposa de un monstruo, cargando con el peso de una identidad que no le pertenecía.
—Lo que tu dinero pueda comprar no me interesa, Dante —respondió ella, y su voz, ahora modulada por un desprecio gélido, le cortó la respiración—. Solo asegúrate de que tus hombres no toquen a mi padre. Ya han hecho suficiente daño.
El trayecto hacia la Mansión Vance fue un desierto de silencio. El Mercedes blindado se deslizaba por las calles de Westchester como una carroza fúnebre. Cuando los grandes portones de hierro se abrieron, Elara sintió una náusea violenta. Ese lugar, que una vez fue su prisión de cristal, ahora se alzaba como el mausoleo de su inocencia.
En la escalinata principal, el servicio estaba formado en una línea perfecta, con una disciplina militar que rozaba lo obsceno. A la cabeza, Martha, el ama de llaves, mantenía su postura impecable. Sus manos estaban entrelazadas frente a su delantal negro, y su rostro, usualmente una máscara de severidad, flaqueó por un microsegundo cuando vio bajar a Elara.
Martha sabía lo que había pasado en Escocia. Los rumores en el mundo Vance corrían más rápido que la sangre. Sabía que la mujer que regresaba no era la "Camila" que todos odiaban.
—Bienvenidos a casa, señor. Señora —dijo Martha, haciendo una inclinación de cabeza tan profunda que resultó casi una disculpa silenciosa.
Dante asintió rígidamente, pero Elara se detuvo frente a Martha. La miró a los ojos, buscando algún rastro de la mujer que, meses atrás, le había entregado ropa vieja y sobras de comida como si fuera un animal de carga.
—¿"Casa", Martha? —preguntó Elara con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Un matadero sigue siendo un matadero aunque le pongas alfabras de terciopelo.
Martha bajó la mirada, incapaz de sostener el fuego ártico en los ojos de Elara. El servicio entero contuvo el aliento. Nunca nadie le había hablado así a la jefa de personal. Dante, sintiendo la tensión, puso una mano en la espalda de Elara, un gesto instintivo de protección.
—No me toques —siseó ella, apartándose con una violencia que hizo que Dante tropezara levemente—. Te lo advertí en Glenmore. No vuelvas a profanar mi espacio con tu arrepentimiento barato.
Dante se quedó congelado en la entrada, rodeado de sus empleados, siendo humillado en su propio imperio por la mujer que antes temblaba ante su sombra.
—Martha —dijo Dante, su voz recuperando una autoridad forzada para ocultar su dolor—, prepara la suite principal para la señora. Y que el servicio se asegure de que no le falte absolutamente nada. Ella es la dueña de esta casa. Todo lo que ella pida, se le concede de inmediato. Sin preguntas.
—No quiero la suite principal, Dante —interrumpió Elara, deteniéndose en el gran vestíbulo—. Quiero mi antigua habitación. La celda de la planta baja. Cerca de la salida de servicio.
—Elara, eso es ridículo... —comenzó Dante.
—Es el único lugar en esta mansión que coincide con lo que siento por ti —lo cortó ella, dándose la vuelta para enfrentarlo. La luz del candelabro de cristal de Bohemia hacía brillar las lágrimas que se negaba a soltar—. Tú me pusiste ahí cuando pensabas que yo era un monstruo. Ahora que sabes que soy inocente, el monstruo eres tú. Así que mantengamos las distancias. Yo me quedo en la oscuridad; tú quédate con tu oro y tu conciencia podrida.
Dante sintió un nudo de hierro cerrándose en su garganta. Ver a Elara reclamando su lugar en la "celda" era un castigo psicológico más refinado que cualquier tortura que él pudiera imaginar. Ella quería recordarle su error cada segundo de cada día.

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