El amanecer en la Mansión Vance no trajo consigo el alivio de la luz, sino una claridad cruda que desnudaba cada grieta en el alma de sus habitantes.
Elara se despertó en el suelo de la pequeña habitación del ala de servicio. No lo hizo por incomodidad —el frío del mármol era lo único que la hacía sentirse anclada a la realidad—, sino por el peso de una mirada. No necesitó abrir los ojos para saber que él estaba allí. El aroma a sándalo y el magnetismo pesado de su presencia eran tan inconfundibles como una marca de hierro al rojo vivo.
Dante estaba de pie en el umbral. Vestía una camisa blanca de lino, con las mangas remangadas hasta los antebrazos, revelando las venas tensas y el vendaje que aún asomaba bajo la tela. Parecía un hombre que no había dormido en una década.
—Vete, Dante —susurró Elara, su voz arrastrándose por el suelo como un espectro.
—Es hora de desayunar —respondió él, ignorando su orden con esa arrogancia silenciosa que era su armadura—. Martha ha preparado lo que te gusta. Fruta fresca, yogur de coco... lo que comías antes de que todo esto...
—¿Antes de que decidieras que yo era una asesina? —Elara se incorporó con una lentitud dolorosa, su cabello castaño cayendo sobre sus hombros como un manto desordenado. Se puso de pie y, por primera vez en el día, lo miró. Sus ojos, antes llenos de una chispa de esperanza, ahora eran dos pozos de ceniza—. No recuerdo quién era esa mujer, Dante. La mataste en Escocia. O quizás la mataste la primera vez que me obligaste a entrar en esta casa como una prisionera.
Dante dio un paso hacia el interior de la habitación. El espacio era tan reducido que su presencia pareció succionar el oxígeno.
—He traído a los mejores psicólogos del país, Elara. Estarán aquí a las diez. Necesitas hablar con alguien que pueda ayudarte a procesar el trauma de... de Camila.
Elara soltó una carcajada seca, un sonido que hizo que Dante retrocediera imperceptiblemente. Era una risa que dolía.
—¿El trauma de Camila? —Ella se acercó a él, deteniéndose a solo unos centímetros de su pecho. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, ese calor que alguna vez la hizo sentir segura y que ahora la hacía sentir sucia—. Mi trauma no es mi hermana, Dante. Ella es un monstruo, sí, pero mi trauma eres tú. Eres tú mirándome con asco mientras me hacías tuya. Eres tú llamándome "criminal" mientras yo intentaba salvar a mi padre. ¿Qué psicólogo va a curar el hecho de que el hombre al que... —se detuvo, la palabra amor atascada en su garganta como un trozo de vidrio— ...el hombre que tiene mi vida en sus manos, sea mi verdugo?
Dante extendió la mano, sus dedos rozando casi el aire junto a la mejilla de ella, pero no se atrevía a establecer contacto. El rechazo de Elara era una barrera eléctrica.
—Dije que te daría un imperio para luchar contra mí —dijo él, su voz rompiéndose en las esquinas—. Úsalo. Grítame. Destrúyeme. Pero come. Vive. No te dejes morir en esta habitación para castigarme, porque ya estoy condenado.
—No te preocupes —respondió ella, dándole la espalda para caminar hacia la pequeña ventana—. No voy a morir. Eso sería demasiado fácil para ti. Verías mi cadáver y sentirías una culpa romántica y trágica. No. Voy a vivir para ser el recordatorio diario de tu fracaso. Voy a ser la mancha de sangre en tu alfombra blanca que nunca podrás limpiar.
Dante salió de la habitación sin decir una palabra más, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies.
A las nueve de la mañana, la escena en el comedor principal era una representación magistral de la disfunción. Elara se sentó en el extremo opuesto de la mesa de nogal de diez metros. Dante estaba en la cabecera. Entre ellos, una hilera de platería brillante y flores frescas que parecían ofrendas fúnebres. Martha servía el café con manos temblorosas. El silencio era tan denso que el tintineo de una cuchara contra la porcelana sonaba como un disparo.
—Señor Vance —intervino Martha con cautela—, el Dr. Aris informa que el señor Alfonso ha respondido a los estímulos nerviosos esta mañana. Ha movido los dedos de la mano izquierda.
Elara soltó la servilleta de lino. Por un instante, la máscara de hielo se agrietó y un destello de la antigua Elara iluminó su rostro. Dante lo vio y sintió una punzada de esperanza tan intensa que le dolió el pecho.
—Iré a verlo ahora mismo —dijo Elara, levantándose.
—No —la voz de Dante fue firme, aunque no autoritaria—. El protocolo médico después del traslado es estricto. Hasta el medio día no pueden entrar visitas. Elara, siéntate. Termina de desayunar.
—No me digas qué hacer —replicó ella, sus ojos volviendo a endurecerse—. Mi padre está en esa clínica por tu culpa. Si no fuera por tus juegos de poder con Cavendish, él nunca habría sido un experimento de laboratorio.
—Lo sé —admitió él, bajando la cabeza, dejando que su orgullo cayera frente al servicio—. Lo sé cada vez que respiro. Pero si quieres que él se recupere, tienes que recuperarte tú. Mírate, Elara. Estás desapareciendo.
—Es lo que querías, ¿no? —ella se inclinó sobre la mesa, recorriendo con la mirada el lujo que la rodeaba—. Querías una muñeca que pudieras controlar. Una "Camila" a la que pudieras castigar. Bueno, aquí tienes el resultado. Soy el vacío que creaste.
Dante se levantó violentamente, tirando su silla. La paciencia, esa virtud que nunca fue su fuerte, se estaba agotando, reemplazada por una desesperación maníaca. Caminó hacia ella, rodeando la mesa con pasos de depredador. Martha se retiró rápidamente, haciendo una señal al resto del servicio para que abandonaran la sala.
—¡Basta! —rugió Dante, deteniéndose frente a ella—. ¡Basta de esta flagelación constante! Cometí un error. Un error monumental. Pero estoy aquí, Elara. Estoy intentando enmendarlo. Te he devuelto tu nombre. He puesto mi fortuna a tus pies. ¡¿Qué más quieres?!

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