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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 94

​Frente al espejo del ático, Elara no veía a la mujer que huyó de la mansión Vance. Con la ayuda de técnicas de maquillaje que había aprendido en Europa para eventos de alta sociedad, estaba alterando su propia identidad.

​Usó un contorneado profundo para endurecer sus pómulos y afinar su nariz, restándole esa suavidad juvenil que Dante recordaba. Un par de lentes de contacto de un azul gélido ocultaron sus cálidos ojos castaños, y una peluca de cabello corto, negro azabache y corte asimétrico, terminó de enterrar a la antigua Elara.

​—Pareces otra persona, hija —susurró Rosa desde la puerta, con un tono de temor—. Si no supiera que eres tú, pasaría a tu lado sin reconocerte.

​—Ese es el plan, Rosa —respondió Elara, poniéndose unas gafas de montura fina que le daban un aire intelectual y distante—. Para Dante Vance, soy la Doctora Olivia Ríos. Una mujer sin pasado y sin debilidades.

​Elara entró en la sede de las Industrias Vance con el corazón martilleando contra sus costillas, pero su expresión era de puro hielo. Al llegar al piso ejecutivo, el primero en recibirla fue Marcus.

​Él, que ahora era la mano derecha del magnate, la observó con la suspicacia de un lobo. Sus ojos recorrieron el rostro de Elara. Hubo un segundo de silencio tenso donde Marcus pareció buscar algo familiar, pero el azul gélido de sus ojos y la estructura ósea endurecida por el maquillaje lo despistaron.

​—La Doctora Ríos, supongo —dijo Marcus, abriéndole paso—. El señor Vance no suele tener paciencia con los consultores externos, pero la salud de su madre es su única prioridad ahora.

​Antes de llegar al despacho, una puerta se abrió de golpe. Seraphina salió con una carpeta, deteniéndose en seco al ver a la visitante. La miró de arriba abajo con desdén.

​—¿Otra especialista? —siseó Seraphina, entrecerrando los ojos—. Marcus, dile a Dante que el equipo de Boston ya tiene el caso bajo control. No necesitamos a una... desconocida.

​Elara se detuvo y miró a Seraphina directamente.

—Si el equipo de Boston fuera suficiente, yo no estaría aquí, señorita. Mi tiempo es oro, así que muévase.

​Seraphina apretó los dientes, sintiendo una extraña irritación. Había algo en la voz de esa mujer, una autoridad que le resultaba vagamente molesta, pero el aspecto físico era tan diferente que ni siquiera sospechó la verdad.

​Cuando las puertas del despacho de Dante se deslizaron, el aire se volvió pesado. Él estaba de pie frente al ventanal, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un informe. Su silueta era más imponente, más rígida.

​—Tiene cinco minutos, doctora —dijo Dante sin girarse. Su voz, ese barítono profundo, hizo que a Elara se le erizara la piel.

​—Necesitaré mucho más que eso si quiere que su madre sobreviva al próximo mes, señor Vance —replicó ella.

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