Qué coincidencia, la persona a la que le preguntó fue Sergio González, el primo de Macarena.
Sergio también seguía en la universidad; a diferencia de ella, estudiaba en la Universidad Libre del Sur.
Él y Guillermo eran amigos de la infancia y se llevaban de maravilla.
Desde que Guillermo tuvo su accidente, Sergio lo visitaba cada vez que tenía tiempo libre.
Sin embargo, al principio Guillermo no podía aceptar su realidad y se negaba a ver a sus amigos.
Cuando Sergio iba, solo podía quedarse un rato en la casa.
Guillermo se encerraba en su cuarto a piedra y lodo para no ver a nadie.
Y, aunque Sergio tenía las puertas abiertas en la casa de su amigo, tampoco era como que pudiera derribar la puerta de su recámara.
—Oye, ¿y para qué andas preguntando por esa chava? —quiso saber Sergio, a quien el nombre le sonaba bastante familiar.
Estaba seguro de haberlo escuchado antes.
—Me dijeron que estudia en la Universidad de Viento Claro, en la facultad de medicina. ¿Tu prima no entró ahí también? —respondió Guillermo—.
—Pídele que me eche la mano para investigar de dónde salió esta tal Cecilia.
—No tienes idea, Sergio, mi abuelo se volvió loco y me trajo a una estudiante de medicina para que me revise las piernas.
—¡Una simple estudiante me aseguró que puede curarme y hacerme caminar de nuevo!
—Si estuvieras en mi lugar, ¿le creerías?
Sergio guardó silencio.
Ya había recordado quién era esa muchacha.
Era la compañera de cuarto de su prima Macarena, y al parecer también su amiga.
Macarena siempre hablaba maravillas de Cecilia.
Incluso lo había obligado a ayudarla a comprar esa crema cicatrizante que fabricaba la empresa del primo de la chica.
En resumen, solo tenía elogios para ella.
—Yo sí le creo —afirmó Sergio.
Aunque no entendía por qué el abuelo Marcos había contratado a Cecilia para tratar a Guillermo, ¿qué tal si de verdad podía hacerlo?
Lo más importante era que Cecilia había despertado la curiosidad de su amigo, lo cual le daba a Sergio la esperanza de que por fin estuviera recapacitando.
Con tal de que su amigo volviera a caminar, o al menos aceptara recibir tratamiento de nuevo, ¡él iba a apoyarla sin importar si lograba curarlo o no!
—Sergio, ¿no te habrás reunido con mi abuelo hace poco? —No es que fuera paranoico, es que las palabras de Sergio sonaban muy sospechosas.
Eran uña y mugre, se conocían a la perfección.
Sergio solo pensaba en sus estudios y jamás se interesaba por las mujeres. Para que estuviera deshaciéndose en halagos así, seguro se había memorizado un guion.
—Guillermo, cada día estás más terco —se quejó Sergio—.
—Te lo digo en serio, nunca la he visto en persona, pero por lo que me cuenta mi prima, es una fregona.
—Si dejas pasar esta oportunidad, te vas a arrepentir.
—Piénsalo bien.
—Ya me tengo que ir a clases, luego platicamos.
¡Perfecto!
¡Sergio le había colgado!
Guillermo se quedó con ganas de soltarle un par de insultos, pero no le dio tiempo.
En ese momento, Cecilia estornudó un par de veces. Ni se imaginaba que, a pesar de estar ya en su casa, Guillermo seguía pensando en ella.

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