—La verdad es que soy bastante buena en matemáticas, sin duda mucho mejor que usted.
La mirada de Alain Dubois estaba cargada de malicia.
—Así es, tu madre también era muy buena en matemáticas, toda una genio.
—Eso, al menos, lo heredaste de ella.
Cecilia rodó los ojos con fastidio.
—Gracias por el cumplido, sé que tengo talento.
—Pero veo que usted no tiene ninguno. Si no, ¿cómo es que terminó tan destrozado por la radiación y aún no logra terminar su investigación?
Cecilia solo estaba adivinando. Si su entorno de trabajo tenía radiación, por lo general significaba que lo que estaba investigando contenía elementos radiactivos.
¿O acaso vivía en un lugar con radiación?
¿O tal vez se había bebido toda el agua contaminada de Estrellonia antes de que la tiraran al mar?
El rostro de Alain Dubois se oscureció de nuevo. Él de verdad no tenía talento, todo lo que había logrado era a base de puro esfuerzo.
De lo contrario, no llevaría tantos años sin conseguir resultados.
Las órdenes de sus superiores eran encontrar a esa pareja y llevarlos de vuelta a Estrellonia.
Con ellos, estaba seguro de que el proyecto se terminaría muy pronto.
Aunque Alain Dubois no estaba dispuesto a aceptarlo, solo le quedaba buscar la manera de cumplir con las órdenes.
Se daba aires de grandeza frente a Cecilia, pero en realidad no era más que un perro faldero de alguien más.
—No importa si yo tengo talento o no.
De haber estado perdiendo la cabeza por el enojo, Alain Dubois parecía haber entendido algo.
—Lo importante es que tú lo tienes.
Cecilia lo ignoró.
¿De qué le servía a ella tener talento? ¿Acaso Alain Dubois pensaba cambiarle el cerebro o algo así?
¡Un momento!
Cecilia reaccionó rápidamente. No, no podían atreverse a tanto, ¿verdad?
—De todos modos, a mi patética vida ya no le queda mucho tiempo. Si de verdad pudiera conseguir un cuerpo joven, sería lo mejor, ¿no crees?
Alain Dubois de pronto rio con una especie de locura.
A Cecilia se le puso la piel de gallina debajo de la gruesa chamarra que llevaba.
¡Este tipo estaba loco!
—Está demente. Mi padre estudiaba física, y supongo que usted también.
Otra persona derribó la puerta y se enfrascó en una pelea con los guardaespaldas de Alain Dubois.
Él intentó tomar a Cecilia como rehén, pero su estado de salud era tan lamentable que, cuando logró acercarse con la silla de ruedas y antes de que pudiera tocarla, Cecilia le soltó una patada que lo mandó al suelo junto con su silla.
—¡Atrápenla! —les ordenó Alain Dubois a sus guardaespaldas.
Pero los hombres estaban muy ocupados peleando y no podían acercarse a ella.
En su lugar, alguien entró por detrás y desató a Cecilia.
Era Rayan.
—Ceci, ¿estás bien?
Rayan estaba preocupado de que algo saliera mal si se tardaban más.
Cecilia había escondido un micrófono en su zapato y, cuando dio la señal para atraparlos, Rayan entró con los demás.
Cecilia negó con la cabeza.
—Estoy bien.
Luego miró a Rayan.
—Rayan, ¿qué le pasó a tu brazo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana