—¡Se niega a creer que lo hago por mis hijos! ¡Está aferrado a pedirme el divorcio! —chilló Helena.
En el fondo, sentía cómo el pánico empezaba a apoderarse de ella.
Nunca antes había llegado a ese nivel de desesperación.
Todo había empeorado desde que Cecilia regresó a la familia Ortega. Esa presencia la había llenado de una inseguridad asfixiante.
Para Helena, Cecilia era una vil invasora, una usurpadora.
Sentía que había llegado para arrebatarle el futuro dorado que con tanto esfuerzo había planeado para Aurora.
Y sus miedos se habían confirmado el día que don Esteban anunció en privado que le entregaría a Cecilia las acciones que originalmente le correspondían a Luciana Ortega.
Helena estuvo a punto de perder la cabeza de los puros celos.
¡Esa fortuna debió haber sido para Aurora! ¡Ella era la única nieta legítima de esa generación!
Sobra decir que la lógica de Helena era completamente absurda y carente de sentido.
Aunque Aurora fuera la única joven de la familia, su vínculo con el anciano patriarca nunca había sido estrecho.
Al fin y al cabo, solo era su sobrina nieta. ¿Qué derecho tenía a heredar las acciones que le correspondían a su propia hija?
Pero en la cabeza enferma de Helena, las cosas debían funcionar a su antojo.
—¿Y los chicos?
Silvia indagó astutamente—. ¿Acaso Aurora y Davis tampoco están de tu lado?
—Si los niños hablan con su padre y lo convencen, te aseguro que Jaime se calmará. Nadie piensa en el divorcio cuando los hijos están de por medio.
—A la edad de ustedes, es normal tener desacuerdos fuertes. Hasta los dientes muerden la lengua de vez en cuando.
—Pelear es una cosa, pero usar la palabra divorcio a la primera provocación ya es ir demasiado lejos.
Aunque Silvia se moría de ganas de verla hundida, su instinto de supervivencia le gritaba que ese matrimonio no podía terminar.
Los Gallegos no tenían grandes ingresos ni conexiones. Si su cuñada se separaba, ¿a quién le iban a sacar dinero cada vez que lo necesitaran?
—¡Ja! ¿De verdad crees que ese par de malagradecidos me defienden?
—¡Ellos fueron los primeros en decirle a su padre que se divorciara de mí!
—He criado a dos víboras. No solo apoyan la separación, sino que también me reprochan que siempre busco ayudar a los míos. Hasta se atrevieron a decir que, de niños, mis padres siempre mostraban favoritismo por ustedes y por los nietos de este lado de la familia.
El comentario de Helena dejó un silencio incómodo y denso en la sala. Los Gallegos cruzaron miradas culpables.
Al percibir el cambio en la mirada de su hija, Martha se apresuró a suavizar el ambiente.
—Helena, querida, no es momento de pensar en tonterías del pasado. ¡Tu esposo te está pidiendo el divorcio! ¿Qué haces escondiéndote aquí en lugar de ir a rogarle que te perdone?
—¡Si se consigue a una cualquiera mientras tú estás aquí perdiendo el tiempo, vas a llorar lágrimas de sangre!
Martha estaba furiosa por la estupidez de su hija.
En sus años mozos, Helena había sido astuta y calculadora.
Había sabido engatusar al heredero de los Ortega hasta dejarlo comiendo de la palma de su mano.
Y una vez casada, aunque no lo controlaba por completo, se había asegurado de desviar incontables beneficios y lujos hacia su familia.
Puede que no les entregara fortunas obscenas de un solo golpe, pero el flujo de dinero, regalos y favores jamás se detuvo.
Gracias al apoyo económico constante de Helena, el estilo de vida de los Gallegos había mejorado drásticamente.
Incluso, gracias a sus contactos, Xandro y Silvia habían logrado montar un pequeño negocio bastante próspero.
Aunque la empresa no generaba cifras millonarias por sí sola, el simple hecho de usar el apellido Ortega como respaldo les abría puertas y les llenaba los bolsillos sin mucho esfuerzo.

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