—Buenos días, señor Borges aquí le traigo su café —Dorian levanta la vista y ve a la misma muchacha de siempre, pero él esperaba que fuese otra la que le llevara el café esa mañana.
El CEO guarda silencio y espera que la morena se acerque dejando el café sobre su escritorio, y se inclina un poco hacia atrás en su sillón.
—¿Desea otra cosa más? —le pregunta con voz seductora. Pero curiosamente, esa mañana no estaba de ánimos.
—No, te puedes retirar.
La morena parpadea y se lo piensa un momento, luego observa que él toma un poco de café y se mete de lleno en su ordenador. Lo que la lleva a dar la vuelta e irse.
[…]
—Entonces, ¿no tengo que llevarle el café? —Catrina pregunta aliviada.
—Claro que no, aquí hay personas que se encargan de eso.
—¿Y cuánto tiempo se demora esa joven allí dentro? —pregunta la castaña curiosa.
En ese momento Eliza no quiso responder, cada vez que esa muchacha entraba en esa oficina se demoraba hasta una hora en salir. Es que ni se quería imaginar lo que hacían esos dos allí, aunque nunca escucho ningún ruido que los dejara en evidencia.
Sin embargo, ¿Qué tanto podía tardar en dejar un café en su escritorio?
—No lo sé, ella…
Pero justo la joven salió lo que sorprendió a Eliza, no se demoró ni 2 minutos… se preguntó si su jefe estaba de malas ese día.
La morena pasó apresuradamente sin despedirse, parecía que iba algo molesta.
—Me temo que tu jefe esta de malas, Eliza —le dice Catrina mirando a la joven.
—Eso creo…—contesta su hermana haciendo lo mismo —. Debemos seguir trabajando.
—Sí, está bien —añade con fastidio.
Y en ese momento el teléfono sonó, las hermanas se miraron como esperando a ver quién atendía.
—Dígame señor Borges —responde al fin Eliza.
—Venga un momento.
Eliza cuelga y se dirige hasta la oficina.
—¿Que se le ofrece señor?
—De ahora en adelante quiero que su hermana me traiga el café por las mañanas —Eliza se asombra por la demanda de su jefe —. ¿Algún problema con eso? —él frunce el ceño.
—No señor, ningún problema.
—Muy bien, ya puede irse.
Cuando Eliza abandona la oficina su hermana la ve toda la pálida que la llevo a ponerse en pie.
—¿Qué tienes? ¿Te sientes mal? —Eliza reacciona e intenta recomponerse.
—No, estoy bien.
—¿Y porque la cara de muerta? ¿Qué te dijo? ¿Está de malas? —no precisamente de malas, pero sí bastante extraño pensó la castaña menor.
—No, no lo creo… pero si me ha dicho que a partir de mañana le llevaras el café tu misma.
—¡¿Quééé´?!
Catrina no se creía lo que escucha, si Eliza le dijo que ese no era su trabajo, ¿Por qué ahora sí?
—¿Por qué?
—Yo que sé, quizás quiere evaluarte mejor. No lo sé, por favor Catrina no te pongas histérica por una tontería, solo es un café, no el fin del mundo. Sabes que quiero conservar este empleo.
Si era fácil para ella porque ya conocía a ese hombre, en cambio ella no.
—Bien, lo haré… y todo por ti.
Después de que las hermanas almorzaron, regresaban a la oficina pero mientras caminaban Eliza comenzó a sentirse un poco mal.
—No me siento muy bien —le dice sentándose en la silla —. Creo que debería regresar a la casa.
—¿De qué hablas? —Catrina se asusta, puesto que si ella se iba, ella tendría que quedarse.
—Tendrás que quedarte el resto de la tarde, Catrina.
Por la palidez del rostro de su hermana la castaña supo que ella no estaba exagerando las cosas.
—Llamare a un taxi para que te lleve a casa.
—Sí, quédate con el coche, enviare a Jorge para que venga por él y por ti.
—Sí, está bien…
Al despedir a su hermana en la puerta del taxi, la castaña miró el edificio delante de ella. Ahora tenía que enfrentarse sola a ese hombre.
Llego a la oficina y el teléfono no paraba de sonar, corrió a contestar con algo de torpeza.
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