La calle era estrecha. Emilio no esperaba que, en el breve lapso que le tomó estacionar el auto, Claudia se topara con algo así.
Llamaron a la policía, que llegó rápidamente. Al borracho, que había quedado irreconocible por la golpiza, se lo llevó una ambulancia.
Claudia y Emilio fueron a la comisaría a dar su declaración. Cuando salieron, ya eran las doce de la noche.
Al recordar lo sucedido, Claudia seguía sintiendo un nudo en el estómago.
—Gracias —dijo al salir.
Emilio tenía muy mala cara. La miró y dijo:
—Ese barrio es demasiado viejo, ya casi no vive nadie. Mañana te mudas a Villas del Rin; tengo una casa pequeña allí, está muy cerca del Gran Teatro Florecer.
Claudia se negó al instante.
—No quiero.
—Claudia, ¿es necesario que vivas en ese departamento viejo y pequeño? ¿Qué vas a hacer si te pasa esto otra vez?
—Yo resolveré mis problemas, no necesito que te metas.
Claudia pensaba mudarse; había rentado ese lugar por barato, pero ahora que ganaba bien en el teatro, seguro encontraría algo mejor y más cerca.
—Si no fueras tan problemática, ¿crees que querría meterme? —replicó Emilio, visiblemente molesto.
—Emilio, hoy me salvaste y te lo agradezco, pero eso no te da derecho a controlar mi vida. Ya no tenemos nada que ver, ¿no es así?
Emilio la miró fijo a los ojos; su mirada era profunda y oscura. Finalmente, pareció rendirse.
—Como quieras.
Cuando Claudia se disponía a irse, el coche de Emilio se detuvo frente a ellos.
—Sube.
—Puedo irme sola.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce