Emilio ya había entrado, ignorando sus protestas. Echó un vistazo rápido alrededor y se sentó en el sofá como si fuera un invitado habitual.
—Ándale, prepárame la sopa.
Claudia recordó que antes, en cuanto Oscar llegaba a casa, era él quien se metía a la cocina. Jamás le había ordenado nada como si fuera un patrón. «Vaya, qué cansado debió ser fingir tanto tiempo», pensó.
Se fue a la cocina. En el refrigerador no había nada, solo paquetes de sopa instantánea y un manojo de cilantro. A Claudia le encantaba el cilantro; lo había comprado ayer al ir por yogur.
Preparó dos tazones. Cuando los llevó a la mesa, ambos tenían una capa verde de cilantro encima.
Al ponerle el tazón enfrente, vio cómo Emilio fruncía el ceño.
—Uy, perdón —fingió recordar de golpe—. Olvidé que no comes cilantro.
No sabía por qué lo hacía. Él le había salvado la vida hoy, pero en su subconsciente quería ser desagradable con él, quería que se fuera. Claudia tenía miedo de que, si él seguía insistiendo, ella terminaría ablandándose y cediendo.
Pensó que Emilio se enojaría y se iría dando un portazo. Sin embargo, no dijo una palabra; tomó el tenedor y comenzó a comer a grandes bocados, cilantro incluido. Realmente tenía hambre.
Claudia sintió una punzada de culpa en el pecho.
Al terminar, Emilio se levantó para lavar los platos.
Claudia lo detuvo.
—Yo lo hago. No es correcto que las visitas laven. Señor Salazar, si ya comió, váyase a descansar a su casa.
Emilio no insistió.
Claudia se llevó los platos a la cocina. Cuando salió, vio a Emilio recostado en el sofá. No se había ido. Tenía los ojos cerrados, aparentando estar dormido.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce