Claudia fruncía el ceño cada vez más, y la sospecha en su interior crecía.
—¿Bueno? Amor, ¿qué pasó?
Justo cuando la duda de Claudia estaba por llegar al límite, la llamada se conectó.
Del otro lado se escuchó la voz de Oscar.
Claudia se sintió repentinamente paranoica por dudar de él otra vez, y la culpa la invadió.
—Nada, solo quería saber si ya habías llegado a casa.
—Ya estoy en casa, ¿tú a qué hora llegas?
—Voy para allá ahora mismo.
—Está bien, ten cuidado en el camino.
Claudia colgó. Apretó el puño y se dio un pequeño golpe en la cabeza. Otra vez imaginando cosas. Eran dos personas diferentes, punto.
Levantó la vista hacia Emilio:
—Jefe, me retiro. Hasta mañana.
Agarró a Dolores, que seguía boquiabierta, y se fueron. Dolores no reaccionó hasta que subieron al metro.
—No manches, ¿ese era tu jefe? Te juro que es idéntico a tu marido.
Como buena amiga, Dolores iba seguido a cenar a casa de Claudia y conocía bien a Oscar. Pero ella también había escuchado la llamada; era inconfundiblemente la voz de Oscar. Si no fuera por eso, habría jurado que el hombre del hotel era el esposo de Claudia.
Claudia se encogió de hombros:
—Sí, se parecen mucho, pero mi marido tiene mucho mejor carácter.
Dolores rodó los ojos ante el comentario cursi:
— Ya sabemos..., ¡qué cursi eres!.
Por otro lado, Diego subió a un Maybach y le entregó un celular a Emilio, quien estaba en el asiento trasero.
—Señor Salazar, la señora Claudia llamó a este número hace un momento. Menos mal que instaló el software de distorsión de voz con anticipación.
Emilio guardó el teléfono:
—Enterado.
—¿La señora Claudia sospechó de nuevo?
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce