Casi les da un infarto.
Todos estaban desconcertados. Normalmente el jefe usaba su elevador privado directo a su oficina. En el departamento de secretaría, salvo Diego, rara vez veían a Emilio.
Todos tenían esa cara de incomodidad de haber sido pillados infraganti.
Solo Raúl, que era el más descarado, se atrevió a hablar:
—Señor Salazar, hay buenas noticias en el departamento, estábamos planeando hacer que inviten la comida.
Aunque Emilio no mostraba expresión alguna, la presión que emanaba era aterradora.
—¿Ah, sí? ¿Qué buenas noticias?
Preguntó con indiferencia. Todos se sorprendieron, pues el jefe solía ser muy reservado y distante con los empleados.
Raúl dijo emocionado:
—Diego y Claudia son novios.
La mirada de Emilio cayó instantáneamente sobre el rostro de Claudia.
Claudia se puso roja como un tomate:
—Dejen de inventar chismes, ya les dije que estoy casada.
Alguien del grupo intervino:
—¿O sea que tú y Diego ya se casaron?
Claudia sentía que hablaba con la pared. Solo creían lo que querían creer.
En ese momento llegó Diego. Alcanzó a escuchar que le preguntaban si se había casado con Claudia y vio que el señor Salazar estaba presente.
La habitual compostura de Diego se derrumbó. Empezó a sudar frío, temiendo que lo despidieran antes de que pudiera dar un paso.
—Señor Salazar.
Emilio, con el rostro helado, ordenó:
—Diego, a mi oficina.
Otra vez esa frase. Aunque Diego estaba nervioso, confiaba en que el señor Salazar era inteligente y no creería realmente en el malentendido.
Y así fue, Emilio solo habló de trabajo. Tiró el periódico sobre el escritorio:

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: De día mi Jefe cruel, de noche mi Esposo dulce