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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 243

Fabián no había dicho nada cuando el teléfono de su abuelo sonó.

Al contestar, la voz del anciano resonó del otro lado, impaciente:

—Mocoso, ¿ya recogiste a Belén?

—Ya —respondió Fabián con un monosílabo.

—Entonces apúrense, solo los estamos esperando a ustedes.

Fabián asintió y colgó.

Guardó el celular, se giró para ver a Belén y dijo:

—En cuanto esté listo el acuerdo de divorcio, te buscaré para que vengas a firmar.

Belén sabía que un divorcio no era algo que se pudiera apresurar, mucho menos en una familia como la de Fabián y con una hija de por medio. Había demasiadas cosas involucradas, así que aceptó.

—De acuerdo.

Al ver que ella estaba de acuerdo, Fabián añadió:

—Por ahora, vamos a cenar.

Dicho esto, puso el carro en marcha.

En el camino a la villa, ambos guardaron silencio.

Belén pensó en el abuelo y se sintió un poco en aprietos.

Cualquiera estaría de acuerdo con este divorcio, pero el abuelo era diferente. Él era el único que deseaba de corazón que Belén y Fabián estuvieran juntos para siempre.

Si se habían casado en primer lugar, fue gracias a que él había insistido.

En aquel entonces, Belén le estaba muy agradecida y lo trataba con mucho cariño.

Pero después de la boda, el abuelo también la trató muy bien a ella.

Siendo sincera, el abuelo la veía como a su propia nieta.

Ahora, con el divorcio, no sería fácil darle la noticia.

Aprovechando un semáforo en rojo, Belén se giró para mirar a Fabián. Él tenía la vista fija al frente, la mandíbula tensa, la nariz recta y los labios finos. Sus ojos estaban entrecerrados, enmarcados por pestañas espesas.

Era muy guapo; ese rostro había cautivado a incontables personas.

En su momento, Belén había sacrificado todo por esa cara, lo había dado todo.

Pero ahora, su corazón ya no sentía nada.

Mirando a Fabián, Belén le preguntó:

—Y con el abuelo, ¿cómo piensas decírselo?

Al ver la comida amontonada en su plato, Belén dijo en voz baja:

—Gracias.

Cristian, que estaba sentado justo frente a Belén, la escuchó agradecer y no pudo evitar soltar una burla.

—¡Qué falsa!

Belén lo escuchó y solo soltó una risita.

La cena transcurrió con relativa calma, gracias a que Mariana no buscó pleito.

Después de cenar, los empleados retiraron los platos y limpiaron la mesa.

Fabián les pidió que pusieran el pastel en la mesa. Después de colocar las velas, apagaron las luces.

El abuelo, sentado en la cabecera, le dio una orden a Cristian, que estaba en un rincón.

—Cristian, levántate y cántale las mañanitas a tu cuñada.

Cristian estaba jugando con su celular. Al escuchar a su abuelo, respondió con sorna:

—Abuelo, Belén ya está muy grande, no es una niña. ¿Para qué cantarle las mañanitas?

***

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