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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 286

—Cecilia —dijo Fabián al otro lado de la línea.

Al escuchar a su papá llamarla, Cecilia no pudo contenerse más. Sus ojos se enrojecieron al instante y las lágrimas comenzaron a caer una tras otra.

—Papá, no hay nadie conmigo —dijo con la cara desencajada por el llanto.

Las palabras de su hija le estrujaron el corazón, pero solo pudo consolarla con voz suave:

—Tranquila, Cecilia. En cuanto papá termine aquí, volverá a casa.

—¿Podrás volver a las diez? —preguntó ella, esperanzada.

Apenas pasaban de las ocho.

Fabián dudó un momento, pero al final le dijo la verdad:

—Cecilia, creo que volveré hasta la noche.

La esperanza de Cecilia se desvaneció en ese instante.

—Bueno, está bien —dijo con resignación.

Después de colgar, Cecilia rompió a llorar a gritos.

—Camila, ¡quiero a mi mamá! Mi mamá sí se quedaría conmigo, ella no me abandonaría. ¡Mamá, quiero a mi mamá, buaaa…!

Cecilia lloraba a lágrima viva mientras Camila la mecía en brazos, caminando de un lado a otro de la habitación.

Después de media hora de consolarla, Cecilia, agotada de tanto llorar, finalmente se calmó.

***

Mansión Soler.

Por una vez, Belén se permitió dormir hasta tarde.

Era la primera vez en mucho tiempo que no abría los ojos hasta las diez de la mañana.

Haber dormido bien la hizo sentirse fresca y renovada.

Aún no terminaba de despertar cuando una manita la rodeó.

—Tía, por fin despertaste.

Era la voz de Rosario.

Había llegado desde las ocho de la mañana y, al ver a Belén dormir tan profundamente, no había querido despertarla.

Belén se giró y abrazó el cuerpo regordete de Rosario.

—Rosa, ¿qué haces aquí tan temprano?

Rosario se frotó contra el cuello de Belén.

—Tía, quiero que me ayudes a dibujar el otoño. Es una tarea que nos dejó la maestra y mañana es lunes, todavía no la termino.

Belén estaba a punto de aceptar cuando sonó su celular.

Bajó la vista y vio que era un número desconocido.

Dudó un momento, pero al final contestó.

—Oh, bueno… está bien —dijo, cohibido.

Sin darle a Belén la oportunidad de suavizar las cosas, Rosario colgó el teléfono y sentenció:

—Ese Fabio parece muy decente en la escuela, pero no me imaginaba que fuera tan pegostioso. Es como un chicle.

Las palabras de Rosario hicieron reír a Belén. Le acarició la mejilla a su sobrina y le dijo con cariño:

—No seas tan dura, no lo hace con mala intención.

En ese preciso momento, Fabio, a quien Belén acababa de calificar como alguien sin malas intenciones, estornudó dos veces seguidas.

Una mano le tocó la espalda.

—¿Y bien? ¿Aceptó?

Fabio negó con la cabeza.

—No.

Al oír esto, el rostro de Tobías se endureció.

—El palito de queso que te comiste en la mañana, tienes dos minutos para devolverlo.

Para conseguir que Fabio invitara a Belén, lo había sobornado con golosinas.

No esperaba que ella se negara.

***

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