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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 631

Las palabras de Cecilia dejaron a Camila helada.

La abrazó mientras la llevaba de regreso a la Mansión Armonía y le dijo con seriedad:

—Señorita Cecilia, la señora es su madre. Es la persona que más la quiere en este mundo. ¿Cómo puede decir algo así?

Cecilia, acurrucada en el hombro de Camila, sollozaba sin control.

—Solo quiero una mamá, no dos.

Al principio, Camila no entendió a qué se refería, pero después de pensarlo un momento, se dio cuenta de lo que Cecilia quería decir.

Quería que Frida fuera su madre.

—Señorita Cecilia —dijo Camila—, la señora es quien la trajo al mundo. Usted lleva su sangre, es parte de ella. Ella es su madre, y solo puede ser ella.

Cecilia resopló, dejando en claro que no quería seguir escuchando, y guardó silencio.

Camila notó su resistencia y no insistió más.

Sin embargo, en la mente de Cecilia, las palabras de Frida resonaban con fuerza.

Solo podía tener una madre, no dos.

Si su madre estaba en la Mansión Armonía, la señorita Frida no podía volver.

Por lo tanto, tenía que encontrar la manera de hacer que Belén se largara de la mansión.

***

Mientras tanto, en el segundo piso, tan pronto como Fabián y Belén entraron en la habitación, él la acorraló contra la puerta.

Apoyó su mano derecha sobre la cabeza de ella, y su imponente figura la cubrió por completo, sumiéndola en su sombra.

La miró fijamente a los ojos, oscuros y profundos.

—Te juro que no pasó nada entre Frida y yo.

Belén levantó la vista, lo observó y, con una sonrisa, le preguntó:

—¿Y bien? ¿Qué intentas decirme?

Fabián no encontró ni el más mínimo rastro de emoción en la mirada de Belén. Lo observaba, pero sus ojos estaban vacíos.

No se parecía en nada a la Belén de antes.

Tras unos segundos de desconcierto, le preguntó con voz ronca:

—¿Me crees?

Aunque estaba algo confundida, caminó lentamente hacia allí.

Se sentó frente a la mesa y abrió la caja.

Dentro había un collar de perlas que, a simple vista, parecía muy valioso.

En ese momento, Fabián se acercó, tomó la caja de sus manos y sacó el collar.

—Date la vuelta, te lo pondré —le dijo.

Sin oponer resistencia, Belén obedeció.

Los dedos de Fabián rozaron su piel mientras le abrochaba el collar con delicadeza.

Una vez que terminó, le dio un beso en el cuello.

El calor de sus labios le quemó la piel y, por un instante, desordenó sus pensamientos.

Su cuerpo se tensó. Con voz queda, le dijo:

—Gracias, acepto el regalo.

Sin importar cuáles fueran sus intenciones al ser amable con ella, Belén pensó que aceptaría cualquier cosa que le diera.

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