—Basta —lo interrumpió Alejandra, harta de escucharlo.
Ismael se quedó inmóvil. Al mirar a Alejandra, vio que sus ojos seguían reflejando una determinación inquebrantable.
En ese instante, comprendió sus intenciones. Había venido a verlo porque estaba decidida a enviarlo a la cárcel.
La comprensión lo transformó. Su rostro se desfiguró por la rabia.
—¡Piénsalo bien, Alejandra! —le gritó—. Si retiras la denuncia ahora, podemos quedar en paz. Pero si insistes, cuando salga de aquí en unos años, te juro que convertiré tu vida en una pesadilla. ¡No volverás a tener un solo día de tranquilidad!
Alejandra ignoró sus amenazas. Con una sonrisa amarga y los ojos enrojecidos, le dijo:
—Ismael, una vez te amé mucho, pero poco a poco me di cuenta de quién eras en realidad. Nunca me amaste; la única persona a la que has amado siempre has sido tú mismo. Aquel día, yo también te supliqué, te rogué, pero no te importaron mis palabras. Solo vine para decirte que no me arrepiento de nada de lo que he hecho.
—¡Deja de hacerte la santa, Alejandra! —rugió él, furioso—. No es como si nunca me hubiera acostado contigo. ¿Y ahora usas eso para demandarme? ¿De verdad te crees una mártir?
Sin hacer caso a sus insultos, Alejandra añadió:
—Esta es la última vez que te veré. A partir de ahora, cada quien por su lado. Pertenecemos a mundos diferentes.
Al decir esto, no pudo evitar que se le enrojecieran los ojos.
Antes de darse la vuelta para marcharse, le dijo una última palabra:
—Cuídate.
Luego, tomó la mano de Belén y se fue sin mirar atrás.
Salieron a paso rápido, y no fue hasta que estuvieron fuera del centro de detención que Alejandra se detuvo.
Se quedó quieta, pero las lágrimas comenzaron a brotar con más fuerza que antes.
Belén se acercó y la abrazó con ternura.
Alejandra se apoyó en ella, sollozando.
El interior del carro estaba en silencio, y Belén pudo escuchar a Esteban decir al otro lado de la línea:
—Señorita Alejandra, debido a que las pruebas son concluyentes, ya se ha dictaminado la sentencia de Ismael. La condena inicial es de tres años y ocho meses.
Alejandra guardó silencio por un momento.
—Entiendo. Gracias, abogado Esteban —respondió finalmente.
—La persona a la que debe agradecer es a Mateo Carrillo, no a mí —dijo Esteban con frialdad—. Es mi amigo. Acepté su caso por hacerle un favor.
—De acuerdo, lo tendré en cuenta —respondió Alejandra, tras una breve pausa.
Justo cuando colgó, el taxi se detuvo.
Al bajar, una sombra alargada por la luz de un farol llamó su atención.
Levantaron la vista y vieron a Mateo, de pie, no muy lejos de allí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....