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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 641

Cuando entró la llamada de Fabián, Belén justo salía del fraccionamiento de Alejandra.

Vio quién llamaba, pero decidió no contestar.

Una vez que la llamada se cortó, su carro de repente dejó de avanzar. La pantalla del tablero indicaba una falla.

Belén intentó ajustarlo un par de veces, pero el carro no se movía.

Sin más remedio, bajó a revisar.

Tras darle una vuelta al vehículo, descubrió varios clavos incrustados en la llanta trasera derecha.

La imagen la abrumó. Se frotó la frente con fastidio, sin saber qué hacer.

Tenía un gato y una llanta de refacción en el carro, y pensó en intentar cambiarlos ella misma.

Pero al sacar el gato, se topó con un problema: no solo le faltaba fuerza, sino que tampoco tenía idea de cómo usarlo.

Estaba parada al lado de la carretera, perpleja, cuando un carro se detuvo de repente frente a ella.

La ventanilla del conductor bajó, revelando el rostro arrogante de Guillermo. Con la barbilla en alto, le preguntó a Belén:

—¿Necesitas ayuda?

Belén apenas levantó la vista y respondió secamente:

—No.

Guillermo se recargó en la ventanilla, con una actitud de quien disfruta del espectáculo.

—¿Segura que no?

Su pregunta hizo que a Belén le resultara imposible no empezar a atar cabos.

Incluso se preguntó si los clavos en la llanta no habrían sido obra de Guillermo.

Belén no quería tener nada que ver con él, así que ignoró su pregunta.

Al ver que lo ignoraba, Guillermo se volvió aún más insolente:

—Con ese cuerpecito que te cargas, si ni siquiera puedes con un gato, ¿no te desarmarás en la cama al primer empujón?

Belén se enderezó. Con una sonrisa socarrona en el rostro, le preguntó a Guillermo:

—¿Quieres saberlo?

Sus palabras, cargadas de doble sentido, provocaron un revuelo en el interior de Guillermo.

No dijo una palabra. A Guillermo no le quedó más remedio que tomar el celular.

Al otro lado de la línea, Fabián llamaba a Guillermo:

—¿Guillermo?

—Sí, aquí estoy —respondió Guillermo en cuanto tomó el celular.

—El carro de Belén se averió, por favor, llévala a casa —dijo Fabián.

Guillermo no pudo negarse. Con una mirada sombría fija en Belén y una expresión crispada, aceptó:

—Claro, yo la llevo.

Al oírlo, Fabián se tranquilizó.

—Te lo agradezco, Guillermo.

Guillermo forzó una sonrisa.

—No hay de qué, después de todo es mi cuñada, es lo menos que puedo hacer.

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