Cecilia estaba muy débil en ese momento; tenía la cabeza hecha un lío y no tenía fuerzas para distinguir si la persona frente a ella era alguien a quien odiaba o alguien a quien quería.
La Cecilia de siempre jamás había llamado «tío» a Leandro, pero esa noche, contra todo pronóstico, la palabra salió de su boca.
Sin embargo, Leandro no se ablandó solo por ese «tío». Ni siquiera se dio la vuelta.
Belén miraba a Cecilia. Al ver a esa pequeñita recargada sobre el cuerpo de Camila, sintió que se le partía el corazón. Quería acercarse y abrazarla, pero temía que la niña la rechazara, así que no se atrevió a dar el primer paso.
Pero el hecho de que Cecilia estuviera llamando a su tío demostraba que, en ese momento, quería que Leandro la cargara.
Llena de impotencia, Belén volteó a ver a Leandro. Al ver que él mantenía la cara seria, sin el menor rastro de sonrisa, bajó la voz y suplicó:
—Hermano…
Su tono llevaba implícita una súplica desesperada.
Leandro conocía demasiado bien a Belén y no quería poner a su hermana en una situación difícil. Así que, tras sopesarlo un momento, terminó cediendo.
Se giró, forzó una sonrisa para mirar a Cecilia y respondió:
—Sí, aquí está el tío.
En el fondo, Leandro se preocupaba por Cecilia y le dolía verla así. Solo que, como la niña siempre hacía sufrir a Belén, él había dejado de sentir tanto cariño por ella.
Pero, al fin y al cabo, era su sobrina.
Al ver que Leandro le respondía, Cecilia extendió sus manitas regordetas e inclinó todo su cuerpo hacia él.
—Tío, cárgame.
No dejaba de ser una niña, y con la fiebre que tenía, por más odiosa que fuera habitualmente, en ese momento se comportaba con total docilidad.
Leandro tomó a Cecilia en brazos. Su pecho era amplio y fuerte, así que Cecilia se recargó en él, sintiéndose mucho más cómoda que antes.
Cuando Rosario era pequeña también se enfermaba seguido, y Leandro solía arrullarla.
Así que Leandro no era ningún novato en eso de calmar niños.
Al ver que Cecilia se estaba quedando dormida, comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación con ella en brazos.
Mirando a Belén, Dolores comentó con curiosidad:
—No me esperaba que Cecilia se pusiera tan pegajosa con su tío en un momento así.
Belén sintió una punzada en el pecho. Mantuvo la mirada fija en la puerta de la habitación, pero le respondió a Dolores:
—Cuñada, ella solo se porta bien cuando necesita algo de los demás.
Al escuchar esto, la sonrisa en el rostro de Dolores se borró al instante.
Sabía que, en ese momento, el corazón de Belén debía estar lleno de amargura.
Dolores, preocupada de que Belén le diera demasiadas vueltas al asunto, soltó una risita ligera y dijo:
—Si necesita de alguien, ¿cómo se atrevería a portarse mal?
La mirada de Belén seguía clavada en la puerta de la habitación; no dijo nada más.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....