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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 938

Orlando se llenó de indignación y no pudo evitar insultarla:

—Florencia, la verdad es que no tienes cerebro.

Florencia, sin entender nada, le recriminó:

—Entonces dime, papá, ¿qué hice mal? ¿No fuiste tú quien me enseñó que uno tiene que luchar por lo que quiere?

Orlando no quiso seguir discutiendo. Soltó un largo suspiro y dijo:

—Si tu hermano aún estuviera aquí, la familia Chávez no habría caído tan bajo.

Ese comentario terminó por quebrar a Florencia:

—Claro, como no pude conseguir la alianza matrimonial, ahora crees que soy una inútil. ¿Qué soy para ti? ¿Una ficha de ajedrez o parte de tu familia?

Orlando se negó a seguir peleando. Salió de la habitación, pero antes de cerrar, volteó y le ordenó:

—Tienes prohibido salir durante estos dos días. Quédate aquí a reflexionar sobre lo que hiciste. Cuando entres en razón, irás a pedirle perdón a la señorita Belén.

Al oír esto, Florencia se enfureció aún más:

—¿Por qué? ¡No voy a ir, sobre mi cadáver!

Orlando también perdió los estribos:

—¿Quieres matarme del coraje?

Florencia se mantuvo firme:

—No creo haber hecho nada malo.

Sin querer escucharla más, Orlando le cerró la puerta en la cara.

De pie en el pasillo, murmuró para sí mismo:

—Si tu hermano aún estuviera aquí, nuestra familia Chávez sería la más poderosa de Páramo Alto. Ni la familia Rojas ni la familia Galindo pintarían para nada.

El mayordomo había escuchado la discusión desde abajo, aunque no lograba entender exactamente qué se decían.

Al ver que Orlando bajaba las escaleras, se apresuró a recibirlo:

—Señor.

Orlando lo miró y le preguntó con voz ronca:

—¿Todavía no hay noticias?

El mayordomo negó con la cabeza y respondió con tono de culpa:

—Todavía no.

Orlando volvió a suspirar:

—Tal vez ya no está en este mundo.

—El joven siempre ha sido bendecido por la fortuna, seguramente hay alguien allá arriba que lo protege. Tal vez ya es un hombre muy poderoso en algún lado —intentó consolarlo el mayordomo.

Orlando sonrió con amargura:

—Ojalá así sea.

El mayordomo lo ayudó a bajar los últimos escalones:

—¿Puedes bajar un momento? Quiero verte —dijo Fabián.

A Belén no le hizo ninguna gracia y le contestó:

—Si tienes algo que decirme, dímelo por teléfono.

Pero Fabián insistió:

—Baja, hablemos frente a frente.

Belén se negó rotundamente:

—No tenemos nada de qué hablar.

Por miedo a que le colgara, Fabián se apresuró a decir:

—Regresa conmigo. Yo cuidaré de ti.

Belén soltó una carcajada sarcástica:

—No, gracias.

Y sin más, le cortó la llamada.

Afuera de la mansión Soler, Fabián escuchaba el tono de ocupado en su celular. Tenía tantas ganas de estrellar el aparato contra el piso.

Intentó tragarse el tremendo coraje que sentía, pero al darse la vuelta, se encontró cara a cara con Tobías.

Tobías llevaba puesto un abrigo negro que ondeaba con el viento. En una mano sostenía un ramo de flores, y en la otra, bolsas con distintos tipos de botanas.

A diferencia de Fabián, Tobías irradiaba la felicidad de un hombre profundamente enamorado.

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