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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 954

Fabián le clavó una mirada gélida.

—¡Lárgate!

Sin detenerse un segundo más, pasó al lado del mesero y abandonó el lugar.

Como el mesero lo vio que echaba chispas de coraje, ni se atrevió a detenerlo.

Al salir del restaurante, Fabián miró para todos lados, pero no encontró rastro de Belén ni de Tobías.

Una ráfaga de viento helado le golpeó el rostro, devolviéndole un poco la cordura. Tras analizarlo fríamente, sacó el celular y llamó a Leonel.

Del otro lado contestaron al instante:

—Señor Fabián.

Fabián tenía la expresión ensombrecida. Mientras observaba la calle, ordenó con voz rasposa:

—Da la orden. Ni nuestro personal ni la empresa pueden aceptar ningún proyecto que tenga que ver con Dolores o Leandro.

Tras esa instrucción, agregó:

—Y retira toda la inversión a Rodrigo.

Leonel se quedó sumamente extrañado, pero no se atrevió a cuestionarlo. Simplemente respondió:

—Entendido.

***

Cuando Tobías salió del restaurante con Belén en brazos, su intención original era ir directo a casa en su coche.

Pero, de repente, Belén balbuceó recostada en su pecho:

—Tobías... hay que caminar un rato.

Aunque estaba un poco preocupado por su estado, Tobías decidió darle el gusto.

—Está bien.

Como llevarla cargada al frente le tapaba la visibilidad, primero la bajó al piso y luego se agachó dándole la espalda.

—Súbete, te llevo de caballito.

Al ver la ancha espalda de Tobías, Belén sintió un vuelco en el pecho, pero no dudó en acomodarse sobre él obedientemente.

Tobías le sujetó las piernas y se levantó despacio. Giró un poco el rostro y le advirtió:

—Mi amor, agárrate fuerte.

Al terminar la frase, ella soltó una risita boba. Ahí Tobías confirmó que, efectivamente, la borrachera ya le había pegado duro.

A sabiendas de que Belén no estaba en sus cinco sentidos, le siguió la corriente con total seriedad:

—¿Y de qué otra forma esperabas que me pegara a tu corazón?

Belén se echó a reír a carcajadas.

—No estoy borracha. Ya bájame, quiero caminar.

El viento helado terminó por disiparle lo poco que le quedaba de cordura. Empezó a sacudirse encima de él, haciendo un berrinche enorme para que la soltara.

Tobías no pudo seguir agarrándole las piernas y, por temor a lastimarle alguna de sus heridas, terminó bajándola al suelo.

Belén pisó la acera, tambaleándose y balanceando la cabeza. A simple vista se notaba que apenas podía con su propio peso. Por miedo a que se diera un sentón, Tobías la agarró rápido de la mano.

Belén levantó la cabeza para mirarlo. Con esos ojos brillantes e inocentes, lo escrutó de arriba abajo sin soltar ni media palabra.

Tobías le sostuvo la mirada, fascinado al verla ladeando la cabecita con un gesto tan dócil. En ese preciso instante, se le estrujó el corazón de la ternura.

Con una mirada rebosante de cariño, y empleando un tono solemne y formal, le soltó de sopetón:

—Belén... ¿quieres ser mi novia?

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