Belén se quedó inmóvil. Lo miró fijamente con aquellos ojos llenos de confusión y duda. Al no recibir ninguna respuesta, quedó más que claro que la embriaguez la tenía en la luna.
Tobías bajó la mirada y esbozó una sonrisa de resignación.
—Olvídalo. Viendo en qué estado estás, mejor ni me aprovecho de la situación.
Aunque el desánimo lo invadió de pronto, la mano con la que sujetaba a Belén se cerró aún con más fuerza.
Belén se la pasó mirándolo fijamente un buen rato. Justo cuando él se hacía reclamos a sí mismo por lo bajo, ella masculló torpemente:
—Sí... quiero.
Pero esas últimas palabras salieron en un hilito de voz que Tobías fue incapaz de captar.
Consciente de que la borrachera la tenía mareada, él le preguntó con infinita paciencia:
—Caminamos un tramo más y luego ya nos vamos, ¿qué dices?
Belén asintió con obediencia.
—Sí, sí quie...
Pero otra vez dejó la frase a medias y se quedó en silencio.
Tobías, sin la menor idea de lo que ella estaba intentando decir, dio por hecho que únicamente aceptaba su propuesta de caminar un rato más. De esa forma, los dos continuaron andando con torpeza, dejando un rastro disparejo a su paso.
Al llegar a una esquina, Tobías frenó de golpe. Volteó a ver a Belén y le cuestionó con seriedad:
—¿Entonces ya nos regresamos?
Belén, muy dócil, volvió a asentir.
—Sí.
Guiándola de la mano, desandaron el camino de vuelta hacia el coche. Le abrió la puerta, la subió al asiento del copiloto con delicadeza, y al momento de abrocharle el cinturón de seguridad, no se contuvo y le dejó un suave beso en la comisura de los labios. Luego de aquel gesto, le alborotó un poco el cabello con la mano.
—¿En dónde estamos?
Cargándola en sus brazos mientras abría la puerta principal, Tobías le respondió:
—En mi casa.
A Belén le dolía horrores la cabeza, así que volvió a cerrar los ojos en el acto.
Tras cruzar la sala, Tobías ni se detuvo; enfiló directo hacia las escaleras que llevaban al segundo piso. Al llegar arriba, se metió sin dudar a su propia recámara.
A diferencia de un cuarto femenino repleto de tonalidades vivas, su cuarto resultaba de lo más simple y aburrido. El edredón de la cama era color gris claro, y fuera de eso, todo el lugar no salía de tonos negros o blancos.
Tras acostar a Belén sobre el borde de la cama, Tobías procedió a quitarle los zapatos y, posteriormente, el abrigo. Como le sintió los pies helados, no se quedó tranquilo y fue rápido a conseguir una cubeta con agua caliente.
Primero le limpió la cara con una toalla húmeda, y en seguida empezó a lavarle los pies. Tobías se acuclilló frente a Belén y, usando sus largas y estéticas manos, le sostuvo los tobillos mientras le echaba chorritos de agua calientita para asearla.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....