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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 956

Belén tenía los pies muy pequeños; cuando Tobías los sostuvo en sus manos, se veían diminutos.

Mientras le limpiaba los pies, Tobías se los apoyó directamente sobre las rodillas.

Belén, todavía medio consciente, murmuró por instinto:

—Tobías, eres muy bueno.

Tobías la escuchó con claridad.

Sin dejar de limpiarla, levantó la vista para mirarla y le preguntó con una expresión llena de ternura:

—Si soy tan bueno, ¿por qué no te aferras a mí de una vez?

Belén se le quedó viendo, un poco aturdida, e incluso frunció el ceño.

Al ver su expresión de confusión, Tobías volvió a bajar la mirada y soltó una pequeña carcajada:

—¿Para qué le digo tantas cosas a una borrachita?

Pero justo en ese momento, Belén respondió de repente:

—Está bien.

Ese «está bien» dejó a Tobías atónito por un buen rato.

Inconscientemente, dejó de secarle los pies.

Cuando volvió a mirarla, con los ojos rebosantes de dulzura, le dijo:

—Ojalá fueras así de linda siempre.

Belén soltó un bostezo y se le llenaron los ojos de lágrimas; era evidente que se moría de sueño.

A Tobías le dio lástima mantenerla despierta, así que terminó de secarle los pies en un par de movimientos.

Al terminar, se inclinó y le dio un beso en el empeine.

Tras el beso, murmuró para sí mismo:

—El día de nuestra boda te daré otro, ¿te parece?

Belén no respondió, solo lo miró fijamente.

Tobías sonrió, se levantó y la metió bajo las cobijas.

Apenas terminó de arroparla, Belén ya se había quedado profundamente dormida.

Al verla dormir con tanta paz, la mirada de Tobías se volvió aún más cálida y protectora.

De repente, el sonido estridente de su celular rompió el silencio.

Además, en el sueño, ella también le caía muy bien a Cecilia. Los tres vivían muy felices como familia, e incluso iban al supermercado agarrados de la mano.

—Belén, despierta, ya nos tenemos que levantar.

Belén sintió que alguien la sacudía levemente. Le costó mucho trabajo despertar y abrió los ojos despacio.

Sin siquiera distinguir bien a la persona que tenía enfrente, murmuró por inercia:

—Fabián, ya no estés molestando.

Pero al instante siguiente, una mano grande le agarró la mandíbula con fuerza.

Belén sintió dolor y despertó de golpe. Entonces vio con claridad al hombre que tenía enfrente: era Tobías.

Tobías la fulminó con la mirada y le preguntó con tono de molestia:

—¿A quién estás llamando? ¿A Fabián?

En ese momento, la ilusión se hizo añicos y la realidad la golpeó de frente.

Se quedó en blanco por un segundo, luego volteó la cara y le dijo a Tobías:

—No, solo tuve una pesadilla.

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