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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 959

Belén le puso las dos manos en el pecho, poniendo distancia entre ellos.

Estaba sentada a horcajadas sobre sus piernas. Lo miró a los ojos con las mejillas ardiéndole como lumbre y, con la voz ronca, le dijo:

—Tobías, de verdad vamos a llegar tarde.

Al escucharla, Tobías escondió el rostro en su pecho, le dio un suave mordisco en el cuello, como si la estuviera castigando, y murmuró:

—Tú siempre encuentras la manera de aplacarme.

Luego, le rozó la piel del cuello a propósito.

Aquello hizo que a Belén le recorriera un escalofrío por todo el cuerpo.

Al instante siguiente, Tobías la agarró de la cintura, la cargó con delicadeza y la sentó a un lado de la cama.

Tobías se acomodó la bata, se puso de pie y dijo:

—Termina de arreglarte entonces, voy afuera a fumar un cigarro.

Dicho esto, se fue directo al balcón.

Belén se quedó viéndolo alejarse un buen rato antes de apartar la mirada.

Estaba en la casa de la familia Galindo y no tenía ropa limpia, así que no tuvo más remedio que volver a ponerse la misma ropa que usó ayer.

Una vez lista, se acercó al ventanal, tocó despacio el cristal y le dijo bajito:

—Tobías, ya estoy lista.

Tobías apenas iba terminando su cigarro. Al oírla, volteó a verla. Al notar que traía puesta la misma ropa, cayó en cuenta de que estaban en la casa de su familia y no había prendas de Belén por ninguna parte.

Apagó el cigarro en el cenicero, abrió el ventanal para entrar, la miró fijamente y le dijo:

—Vámonos, te voy a llevar a que te compres algo de ropa.

Belén abrió la boca para negarse, pero luego lo pensó mejor: al final, hoy era el gran día de la audiencia de divorcio, así que decidió aceptar.

Salieron de la casa y él manejó hasta una plaza comercial que estaba cerca.

Al ver que Tobías venía vestido con ropa de diseñador, una vendedora se acercó de inmediato con una gran sonrisa y lo recibió:

—Señor, bienvenido. ¿Busca ropa para su esposa?

Aunque esa actitud tan lambiscona de la vendedora le molestaba un poco, escucharla decir «su esposa» le llegó al corazón.

Por eso, soltó una leve sonrisa y le contestó:

—Así es, busque un conjunto para mi esposa.

Tobías se acercó por detrás, le bajó el celular y le dijo:

—Estando yo aquí, ¿cómo vas a pagar tú?

Pero Belén insistió:

—Tobías, mejor lo pago yo, ya te has portado muy lindo conmigo.

Tobías la miró con una sonrisa y le contestó:

—Cuidarte es lo mínimo que puedo hacer, ¿no?

La empleada estaba tan ocupada haciendo las cuentas en la caja que ni le puso atención a su plática.

Una vez que terminó, levantó la mirada hacia Belén y le dijo:

—Señorita, serían novecientos ochenta mil pesos.

Al escuchar esa cantidad, Belén abrió los ojos como platos y exclamó:

—¿Cuánto?

Antes de entrar, no se había imaginado que esa tienda fuera tan cara; pensó que, a lo mucho, saldría en unos cien mil pesos.

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