Tras decir esto, Tobías salió de la recámara.
Belén se quedó sentada en la cama. Al ver la habitación vacía, sintió un profundo vacío en el pecho.
Se recostó lentamente y se tapó hasta la cabeza con las cobijas.
Escondida ahí debajo, sintió cómo el rostro le ardía.
Conocía demasiado bien esa sensación. Se estaba enamorando.
Cuando se enamoró de Fabián sintió esas mismas mariposas en el estómago, y ahora, se estaba enamorando de Tobías.
Solo que esta vez, ya no podía lanzarse al vacío sin pensarlo dos veces como en el pasado.
Ya no era una chiquilla inexperta; además, había estado casada y tenía una hija.
A pesar de todos sus razonamientos lógicos, el corazón le seguía latiendo a mil por hora.
Esa noche no pudo dormir tranquila.
A la mañana siguiente, se despertó antes de que amaneciera.
Recordando las palabras de Santiago, decidió que lo mejor sería ir a visitar a Hugo.
Por lo tanto, se levantó temprano.
Después de arreglarse, bajó las escaleras.
La muchacha de servicio ya había preparado el desayuno, así que comió algo rápido antes de salir de la mansión.
Al llegar a la casa de Hugo, Belén le marcó a su celular.
Hugo contestó y, desde el otro lado de la línea, se escuchó su voz ronca y llena de sorpresa:
—¿Belén?
Ella asintió instintivamente y respondió:
—Sí.
Al escuchar su voz, Hugo se quedó helado. Pasó un buen rato antes de que pudiera reaccionar y, aún incrédulo, preguntó:
—¿De verdad eres tú?
Belén soltó una ligera risita.
—Sí, Hugo, soy yo. Estoy en la puerta de tu casa.
En ese momento, Hugo apenas se acababa de levantar. Ni siquiera se había lavado la cara; estaba despeinado y todavía llevaba puesta la pijama.
Al escuchar que estaba ahí, corrió al baño mientras respondía:
—Está bien, salgo en un minuto.
Una vez en el baño, Hugo se arregló el cabello a toda prisa.
Hugo extendió la mano por instinto, queriendo tomar la de Belén, pero en cuanto rozó el dorso de su mano con los dedos, se echó hacia atrás de inmediato.
Al final, solo esbozó una sonrisa tímida y le dijo:
—Pasa. Te prepararé algo de desayunar.
Belén le dedicó una gran sonrisa.
—Me parece perfecto.
Una vez dentro, Hugo le pidió a Belén que se sentara en el sofá. Le acercó un cojín y le sirvió una taza de agua caliente.
Tras asegurarse de que estuviera cómoda, le dijo:
—Voy a la cocina a prepararte algo.
Dicho eso, se dio la vuelta.
Pero en ese momento, Belén lo detuvo:
—Hugo, siéntate, por favor. Quiero platicar contigo.
Hugo volteó a verla. La radiante sonrisa que tenía en los ojos se desvaneció por completo de un segundo a otro.
Belén levantó la mirada hacia él. Se sorprendió al notar que, en efecto, había bajado muchísimo de peso; tenía las mejillas hundidas y un semblante bastante demacrado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....