En el fondo, Hugo presentía por qué Belén estaba ahí. Aún con toda la resistencia del mundo, terminó sentándose sin otra alternativa.
Al verlo tan demacrado, Belén le preguntó con genuina preocupación:
—Hugo, ¿cómo has estado últimamente?
Hugo la miró y forzó una sonrisa.
—Bien, he estado muy bien.
Ante el temor de que ella sacara a relucir otro tema, rápidamente le devolvió la pregunta:
—¿Y tú qué tal? ¿Cómo vas con tu pierna?
Belén se miró la pierna y sonrió levemente.
—Ya estoy mucho mejor. Ya puedo caminar sin necesidad de muletas.
Al escuchar esto, Hugo agachó la mirada. A pesar de la punzada en el corazón, no pudo evitar preguntar:
—¿Y las cosas con Tobías? ¿Cómo van?
Belén se apresuró a aclararlo instintivamente:
—Hugo, Tobías y yo todavía no hemos llegado a eso.
Hugo la miró directamente a los ojos y preguntó:
—¿Pero llegarán?
Belén no quería mentirle. Negó con la cabeza.
—No lo sé.
Al escuchar su respuesta, la expresión de Hugo se volvió sombría.
—Entonces sí.
Belén no quería seguir dándole vueltas a ese asunto. Lo llamó suavemente:
—Hugo.
Él levantó la mirada:
—¿Qué pasa?
Tenía una mirada cargada de ternura, pero donde también se mezclaban el amor y la amargura. Al ver a Belén, sintió una repentina opresión en el pecho.
Belén le sostuvo la mirada. Sintió un nudo en la garganta y, con voz suave, le dijo:
—Cuídate mucho, ¿sí?
Hugo apretó los puños sobre sus piernas de forma instintiva. Asintió y respondió:
—Sí. Lo sé.
Belén se inclinó hacia la bolsa que estaba sobre la mesa y sacó una mandarina que había comprado en el camino.
Estaba a punto de pelarla cuando Hugo estiró la mano para detenerla:
—Déjame hacerlo a mí. Te vas a ensuciar las manos.
Al escuchar el nombre de Rodrigo, Hugo dejó escapar un largo suspiro.
—El maestro siempre me ha dicho que soy un terco, de esos que se aferran hasta el final sin importar nada. Pero, Belén... de verdad que yo ya no puedo ver a nadie más que a ti.
Belén bajó la mirada, abrumada por la culpa:
—Hugo, perdóname.
Los ojos de Hugo se cristalizaron de inmediato. Se mordió el labio con fuerza y murmuró:
—La culpa es mía. Por no ser capaz de hacer que te enamores de mí.
Verlo en ese estado solo hizo que la culpa de Belén creciera. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, le dijo:
—Hugo, creo que lo mejor será que no nos volvamos a ver.
Hugo levantó la cabeza, aterrado. La miró, completamente desencajado, y le preguntó:
—¿Lo dices en serio?
Belén se puso de pie.
—Sí. Cuídate mucho, por favor.
Al terminar de hablar, se dio la vuelta para marcharse sin titubear.
Sin embargo, en ese momento Hugo se levantó y la abrazó por la espalda. Apoyó la barbilla en su hombro y, con la voz quebrada por el llanto, le suplicó:
—Belén, ¿cómo quieres que esté bien si no te tengo? Esto que me estás haciendo me va a matar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....