En una villa a las afueras, en Villa Fantasía.
Samanta llevaba ya una semana ahí. Desde que terminó aquel escándalo en redes sociales, había estado ahí metida, convertida en una mantenida con todas las de la ley, un canario en su jaula.
Aitor tenía muchas mujeres, ella era solo una más. Y como él tenía muchos compromisos sociales, a veces pasaban tres días sin que le viera el pelo. Pero el trato no era malo: una tarjeta adicional con límite millonario para gastar y un asistente para resolverle la vida.
Desde que Samanta había averiguado quién era Anselmo, se sentía aún peor.
Comparada con Micaela, que tenía opciones por todos lados, ella había metido su vida en un callejón sin salida.
¡Anselmo! Un hombre salido de una familia con tanto poder... ¿y Micaela no lo había elegido?
Ojalá ella hubiera tenido una oportunidad así.
Samanta, vestida con una bata de seda carísima, se paró frente al ventanal mirando el jardín perfectamente podado de abajo. La imagen de Anselmo le cruzó por la mente.
Aunque lo había visto pocas veces, su apariencia se le había grabado en la memoria porque, de verdad, era un hombre excepcional en todos los sentidos. Ya fuera con uniforme militar o de traje, era de lo mejor que había.
Recordaba una vez que Micaela fue a trabajar a la base y Gaspar salió corriendo para allá. ¿Sería porque tenía miedo de que Anselmo se la ganara?
Lo irónico es que ese día, ella misma se había expuesto a un baño de agua helada, provocándose una neumonía para terminar en terapia intensiva y hacer que Gaspar regresara.
Ahora que lo pensaba, se había arriesgado demasiado en el pasado. Si Gaspar hubiera llegado un poquito tarde, podría haber muerto por él.
Si hubiera muerto así, no habría valido la pena para nada.
Alguna vez ella también fue la niña mimada a los ojos de los demás, guapa y con fama de diosa del piano. Si tan solo hubiera escogido bien a un hombre, no habría acabado así.
Ahora tenía que conformarse con vivir de las sobras de un tipo panzón y grasiento que se había encaprichado con ella.
Por querer separar a Micaela y Gaspar, se había metido en esto y había terminado en este estado.
Era realmente ridículo y frustrante.
Sin embargo, últimamente no escuchaba noticias de Micaela. La última vez Gaspar consiguió inversión para ella y le montó su propio laboratorio. Si tenía éxito, Micaela llegaría aún más alto y lejos en el mundo científico. Quién sabe, igual y hasta ganaba un Premio Nobel y brillaba toda la vida.
Samanta apretó los dientes, pero de algo sí estaba segura: Gaspar ya no iba a obtener ni una mirada de Micaela.
Mientras más brillara Micaela, más le tocaría a Gaspar mirarla desde lejos. Había perdido el derecho de amarla.
Él casi no lo dudó: se acomodó en el asiento, pasó su brazo largo suavemente alrededor de los hombros de Micaela y la guio para que se recargara en su hombro.
Micaela, en sueños, pareció sentir un apoyo firme y cómodo, y al poco rato se durmió más profundamente.
Gaspar bajó la mirada para ver su ceño relajado y le dijo a Tomás, que iba manejando:
—Mantén la velocidad, no vayas muy rápido.
Tomás miró por el retrovisor y entendió de inmediato. Bajó la velocidad de cien a ochenta kilómetros por hora y condujo con suavidad.
Él también se había dado cuenta: después de este viaje, la relación entre el jefe y Micaela se había calentado bastante.
Incluso había habido un avance real.
Quién sabe, igual y en el futuro Micaela volvería a ser su jefa.
Micaela durmió profundamente. No fue hasta que el carro entró a la ciudad y pasaron varios semáforos que empezó a despertarse aturdida.

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