Samanta se miró en el espejo. Arreglada así, lucía elegante como una diosa, pero por más bella que fuera la envoltura, no dejaba de ser, a los ojos de los magnates, un juguete con precio, un objeto que cambiaba de manos.
Sin embargo, sabía muy bien que si dejaba a Aitor, probablemente ni siquiera podría mantener esa vida de apariencia glamorosa.
Y conocía el carácter de Aitor: mientras él no se aburriera de ella, no tenía escapatoria.
A las seis, el chofer de Aitor la esperaba en la puerta. Samanta subió al carro y comenzó a rogar internamente que la cena de esta noche fuera solo del círculo privado de amigos de Aitor, y no toparse con nadie indeseable.
El círculo privado de Aitor consistía en un grupo de juniors irresponsables, gente con la que figuras como Gaspar, Lionel Cáceres o Jacobo, que estaban en la cima de la pirámide, no se mezclarían.
Finalmente, el chofer de Aitor se detuvo frente a un hotel de gran turismo. Samanta bajó del vehículo, levantó la vista hacia el imponente lugar y sintió una punzada de ansiedad y nerviosismo.
Levantó la falda de su vestido y apenas dio unos pasos cuando, de repente, un Rolls-Royce plateado se acercó y se detuvo justo en la entrada principal.
El carro le bloqueó el paso. Estaba a punto de quejarse en silencio cuando la puerta del conductor se abrió y vio a Enzo.
Del susto, se escondió rápidamente detrás de una columna romana. Instintivamente volteó a mirar y vio cómo Enzo rodeaba el auto para abrir la puerta trasera.
La persona que bajó la dejó petrificada, como si le hubiera caído un rayo.
Era Micaela, vistiendo un vestido largo de satén gris humo de corte minimalista. Bajo las luces, con el cabello recogido, su cintura fina y su piel blanca como la nieve, irradiaba un brillo suave, como el de una perla.
En ese momento, bajó alguien del otro lado: Gaspar.
Impecable en un traje negro de alta costura, caminó con elegancia hasta quedar junto a Micaela y le preguntó algo en voz baja.
Su mirada tenía esa ternura y atención que solía dedicarle a Micaela en el pasado, pero ahora con una admiración que no intentaba ocultar.
Esa era la mirada que Samanta había soñado recibir innumerables veces, pero que la realidad siempre le negó.
No terminó la frase cuando sintió una mano palmearle el hombro. Se giró sobresaltada y vio a Aitor parado detrás de ella.
—¿Qué malestar ni qué nada? Si te ves muy guapa así arreglada. —La rodeó con el brazo—. Ándale, vamos adentro.
—Señor Aitor, de verdad que hoy...
Aitor le apretó la muñeca con fuerza.
—No me vengas con juegos. Esta noche subes porque subes.
Samanta se quedó callada. Respiró hondo y forzó una sonrisa.
—Está bien. Por usted, señor Aitor, puedo superar cualquier cosa.

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