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El Arquitecto De Mi Refugio romance Capítulo 42

Capítulo 42 A la mañana siguiente, Vanessa se despertó bastante temprano.

Al levantarse no vio a Rafael por ningún lado y pensó que ya se habría ido a la oficina.

Apenas destapó las sábanas y bajó de la cama cuando la puerta de la habitación se abrió. Rafael entró y caminó hacia ella.

—Ya despertaste.

Vanessa se quedó confundida un momento y asintió.

—Qué bueno —dijo Rafael con voz suave—, levántate para que desayunes algo y pueda ponerte la medicina en la mano.

Vanessa solo asintió y volvió a mover la cabeza.

Fue al baño y se sorprendió al ver el cepillo de dientes sobre el borde del vaso, ya con la pasta puesta.

En el pasado, eso era algo que ella solía hacer por Alexis.

Aunque no vivían juntos.

A veces, para que él no llegara tarde a sus reuniones importantes, Vanessa iba temprano a su casa a prepararle el desayuno y luego lo convencía de que se levantara.

Le ponía la pasta de dientes, le elegía el traje que usaría ese día y aprendía a cuidarlo para ser una buena novia, e incluso una prometida ejemplar.

Si se hubieran amado, esas acciones habrían sido muestras de cariño mutuo.

De lo contrario, no eran más que una ilusión personal.

Era obvio que, para Alexis, todo lo que ella hacía entraba en esa última categoría.

Vanessa se sumió en sus pensamientos con amargura, cuando escuchó la voz preocupada de Rafael detrás de ella.

—¿Qué pasa? ¿Te duele la mano? —La voz de Rafael se volvió tensa sin que él lo notara—.

¿Quieres que te ayude?

Vanessa se dio la vuelta y se encontró con su mirada angustiada. Se quedó aturdida un momento, pero no le dio más vueltas; se mordió el labio y negó.

—No.

Rafael la observó durante unos segundos y luego dijo con tono neutro:

—Te espero abajo.

Vanessa le sonrió.

—Está bien.

Llevaban ya un tiempo juntos y su convivencia parecía volverse cada vez más natural.

—No es nada.

Desvió la mirada, tomó la muñeca herida de ella y comenzó a retirar la venda.

Por suerte, al haber tratado la quemadura a tiempo, la herida no había empeorado. Con ponerle pomada unas cuantas veces más sanaría.

Rafael tomó el ungüento y, con un hisopo, lo esparció con delicadeza sobre el dorso de su mano.

—No dejes que le caiga agua hoy tampoco —le indicó con cuidado—, así sanará más rápido.

Su voz era cálida y sus movimientos eran tan meticulosos que, cuando sus dedos rozaron la piel de Vanessa, ella sintió una extraña sensación.

—Listo —dijo Rafael mientras soltaba su mano y tiraba el hisopo al bote de basura.

Al mirar su mano vendada de nuevo, Vanessa sintió una inexplicable y fugaz desilusión.

—Entiendo —respondió ella. Retiró la mano, pero se quedó ensimismada, rodeando con su mano derecha la muñeca que él acababa de sostener.

Por alguna razón, lo que sentía por Rafael parecía estar cambiando.

Quizás era porque, después de sus padres y su abuelo, por fin encontraba a alguien que la hacía sentirse cuidada e importante.

Rafael la observó un momento sin decir nada. Al terminar de desayunar, se fue a la oficina.

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