Su risa hizo pensar a Antonio que cien mil pesos era poco.
—Me refiero a cien mil por cada uno —añadió Antonio, creyéndose muy generoso—. Si te parece poco, puedes poner tú el precio, no hay problema.
Al ver cómo aquel imbécil intentaba consolarlo, Rubén no pudo reprimir una sonrisa burlona.
Aunque sabía que en el mundo había de todo y que, entre tanta gente, existían toda clase de especímenes raros, normalmente no tenía la oportunidad de cruzarse con ellos.
Así que esta era la primera vez que Rubén se encontraba tan de cerca con un personaje tan peculiar.
Miraba a Antonio como quien observa a un animalito que no conoce el mundo más allá de su madriguera.
—¿Que yo ponga el precio? —preguntó, lanzándole una mirada displicente.
Acto seguido, sacó su celular y tecleó algo con agilidad.
Antonio pensó que estaba calculando si doscientos mil serían suficientes.
—Sí, ponlo tú, sin miedo.
Antonio enarcó una ceja y se encogió de hombros, con toda la pose de un niño rico.
Luego se sentó en el sofá con aire de suficiencia, se sirvió una copa y, mientras bebía con ademanes exagerados, se sintió increíblemente atractivo.
Rubén entrecerró los ojos y miró la pantalla de su celular.
Era un mensaje de Claudio Cano.
Claudio tenía un círculo social más amplio, así que conocía a gente de medio pelo que no llegaba a la élite.
Para este tipo de cosas, preguntarle a él era lo correcto.
En un santiamén, Claudio le envió toda la información sobre el tipo.
Tras echar un vistazo, Rubén levantó la vista hacia Antonio.
—¿Qué te parecen diez mil millones?
Iria, que le estaba sirviendo una copa a Antonio, abrió los ojos como platos, a punto de derramar la bebida.
Después de todo, antes de que llegara Rubén, ese trío de patanes la había hecho pasar un muy mal rato.
—Mientras no te aburras, todo bien —dijo Rubén, acariciándole la mejilla.
Antonio, viendo a la pareja tan acaramelada y recordando la cifra exorbitante de diez mil millones, sintió que la rabia le subía a la cabeza.
—¡Hijo de puta! ¿Te estás burlando de mí? ¿Sabes quién soy para que te atrevas a tomarme el pelo?
Antonio alzó la voz, y la gente de alrededor volteó a verlos. Iria y el otro acompañante también se pusieron de pie, como si eso les diera más autoridad.
Rubén se limitó a observar la escena con una calma glacial.
Finalmente, movió los labios.
—Me atrevo a burlarme de ti, precisamente, porque sé quién eres.
Esa frase, soltada con tanta ligereza, enfureció aún más a Antonio.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
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Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
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Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...