Se miraron en silencio durante casi un minuto; ninguno de los dos se atrevía a romper el hielo.
Simplemente se contemplaban.
El sol del mediodía entraba a raudales, cayendo directamente sobre los párpados de Rubén.
Él parpadeó, encandilado por la luz.
Sin prisa, Marisa caminó hacia la ventana y cerró una de las cortinas. Dejó que entrara luz suficiente para iluminar la habitación, pero cubrió el ángulo que le molestaba a él.
Rubén entreabrió los labios, ahora mucho más pálidos que de costumbre.
—Gracias.
Su voz sonó profunda y rasposa.
Marisa se dio la vuelta y lo observó a contraluz.
Se veía exhausto, frágil.
Era una faceta que ella casi nunca le había visto.
En su mente guardaba cien reproches distintos, pero al abrir la boca, su tono solo reflejó una compasión inmensa.
—¿Te duele mucho?
Rubén se quedó atónito por un segundo, antes de esbozar una débil sonrisa.
—La incisión duele un poco. Así que si piensas darme una paliza, por favor evita esa zona, ¿sí?
Marisa quiso reír, pero no pudo. Sus labios temblaron, formando una mueca entre la risa y el llanto.
Se sentó con cuidado en el borde de la cama, mordiéndose el labio inferior, incapaz de apartar la mirada de él.
Él le sostuvo la mirada, atrapado en la intensidad de sus ojos.
Pasó tanto tiempo que Rubén no aguantó más.
—Marisa... me va a dar tortícolis de tanto mirarte así.
Ella sonrió, aunque sus ojos seguían húmedos.
—Pues no me mires.
Él negó con la cabeza lentamente.
Al notar que su rostro mostraba una mueca de esfuerzo, ella se inclinó rápidamente hacia él.
—Si me acerco yo, no tendrás que estirarte y no te dolerá la herida.
Al tenerla tan cerca, Rubén aspiró el aroma de su cabello, una mezcla dulce que se fundía con la frescura del sol que entraba por la ventana.
Por primera vez, sintió lo verdaderamente hermoso que era seguir vivo.
Siendo honesto, aquella noche en la que fue a buscarla, no esperaba sobrevivir.
Sabía que las enfermedades no perdonan y que, por mucho dinero e influencias que tuviera, nadie puede comprarle tiempo a la muerte.
Fue a buscarla porque quería verla una última vez.
Tenía miedo de morir y no recordar su rostro en la próxima vida.
Esa noche había llamado a José para que se lo llevara, temiendo que, si fallecía, su cuerpo frío aterrara a Marisa. Cuando José llegó, Rubén sintió un alivio fugaz al saber que no la dejaría con un cadáver.
De hecho, cuando lo subieron a la ambulancia, su mente ya se había apagado por completo.
Fue como si hubieran bajado el interruptor de todos sus sentidos y hubiera dejado de sentir.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...