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El juguete del abogado romance Capítulo 10

Estefanía siguió a Javier hasta la recámara, solo para que el chico le cerrara la puerta de lleno en la cara.

—¡Javier, abre, por favor! —suplicó aferrándose a la perilla, mientras sus piernas se debilitaban.

Giró el metal con desespero una, dos, tres veces, pero el seguro bloqueaba cualquier intento. Sin embargo, no se rindió.

—¡Javier, te lo pido, escúchame un momento!

En este punto no sabía qué iba a decirle. Solo sabía que no quería volver a ver la decepción en sus ojos.

No lo soportaba.

Se tocó el pecho con una mano, mientras que la otra golpeaba la madera con la palma.

Los segundos transcurrieron y no se escuchaba ni un solo sonido proveniente del interior. Lo único que se oía era su propia respiración agitada, aquel lamento silencioso que le sacudía el pecho.

Comprendió entonces que no obtendría respuesta y las pocas fuerzas que le quedaban en el cuerpo se esfumaron por completo.

Su espalda se apoyó contra la superficie de la puerta y comenzó a deslizarse lentamente hacia abajo.

Derrotada.

Así se sentía mientras quedaba sentada en el suelo, encogida en sí misma, con el rostro escondido entre sus brazos, abrazando sus rodillas contra el pecho.

Su cuerpo se sacudía. Esta vez no era por el placer carnal, sino por la realidad desoladora de que no era más que una vergüenza para su propio hermano.

¿En qué momento su vida se había arruinado tanto?

De repente, una sombra la cubrió por completo. Alzó la vista lentamente, solo para encontrarse con aquel hombre, el mismo que la había follado como un animal hacía unos pocos minutos, el mismo que ahora la miraba desde arriba con desprecio.

—¿Qué significa este escándalo? —preguntó, nada conforme con su llanto, que, aunque era silencioso, seguramente era molesto para unos oídos tan refinados.

—Lo... lo siento mucho —logró decir, carcomida por la humillación. Se sentía expuesta, sucia, completamente vulnerable—. Perdóneme, no fue mi intención hacer ruido ni causarle molestias. Yo... ya me iba a mi habitación.

El hombre se mantuvo impasible ante su miseria; ni un solo rastro de empatía suavizó sus facciones de piedra.

—Levántate —ordenó cortante. Sus ojos oscuros se desviaron hacia la puerta de la habitación de su hermano—. Cualquiera que sea tu asunto con él, lo resolverás mañana. Ahora muévete.

—Sí.

Se levantó del suelo con cuidado y entonces lo oyó decir de nuevo:

—Mañana me acompañarás a la oficina —soltó Cristian, dándole la espalda—. Necesito a alguien de confianza que me ayude a clasificar una información. Prepárate temprano.

Y sin esperar una respuesta, se largó por el pasillo, dejándola sola sin opción de negarse.

¿Cómo podía negarse de todas formas, si no era más que un parásito que vivía de su dinero?

Una sensación de asfixia se apoderó de su pecho. Intentó jalar aire, pero el oxígeno parecía haberse vuelto denso, incapaz de pasar por su garganta, como si unas manos invisibles le estuvieran apretando el cuello.

—Javier, ayuda… —murmuró bajito, sin fuerzas.

De repente, sintió que el pasillo comenzaba a encogerse a su alrededor. Las paredes se inclinaron hacia su cuerpo y un calor sofocante la recorrió entera.

Aquella fue la noche más espantosa que vivió.

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