La opresión en su pecho no cesó.
Estefanía no estaría tranquila hasta hablar con Javier, pero eso no le importaba a Cristian.
Con la cabeza gacha, caminaba detrás de él, manteniendo la mirada fija en sus zapatos, obligándose a quedarse tres pasos por detrás.
Se sentía ridícula con el traje formal que le había pedido usar.
Él le indicaba qué decir, cómo comportarse, qué ropa ponerse; era como una marioneta a la que manejaba a su antojo.
—Entra —ordenó cuando el ascensor privado abrió sus puertas.
Como siempre, obedeció, parándose en una esquina, lo más alejada posible del hombre.
Sin embargo, no pudo evitar alzar la vista y encontrarse con el reflejo de ambos en el espejo del ascensor. Al lado de Cristian, ella era una cosa pálida y diminuta.
El hombre miraba al frente, pero de imprevisto sus ojos se giraron hacia ella.
—¿Estás deseando sentir mi polla de nuevo? —preguntó, mientras una sonrisa perversa estiraba sus finos labios.
Se sonrojó de golpe. Ella no estaba pensando en algo como eso.
—Vaya que sí eres golosa —se burló él, divertido ante el rubor exagerado que se había apoderado de su rostro.
«¡Qué boca tan sucia!», pensó, apretando las manos contra el bolso, y bajó la vista, sin deseo de replicar o llevarle la contraria.
Ya tenía una imagen bien formada de su persona. Nada que dijera o hiciera lo haría cambiar de opinión.
Las siguientes horas las pasó sentada en un escritorio auxiliar, revisando carpetas con documentos confidenciales de una empresa. Era información que él parecía no confiar en nadie.
Ella miraba las filas de cifras sin saber muy bien qué significaban tantas columnas.
—Pon las facturas a la izquierda y los estados de cuenta a la derecha —soltó él desde su escritorio, sin levantar la vista—. Los totales del papel tienen que ser idénticos a los de la pantalla. Si falta un solo centavo, me avisas.
Se le quedó mirando, confundida.
No quería parecer tonta, pero nunca había hecho nada de esto.
Su educación en el orfanato ni siquiera había sido buena.
El hombre detuvo su tarea por primera vez desde que entraron en esa oficina.
La miró entonces, poniendo toda su atención en ella.
Se encogió en su sitio. En los ojos de él no había luz, solo una fijeza que desenterraba todos sus miedos.
—¿Qué pasa?
Para su sorpresa, sus palabras no cargaban la frialdad habitual.
Se animó a ser sincera:
—No entiendo esto —balbuceó con vergüenza, bajando la vista.
—Es simple —le dijo con calma—. La gente idiota esconde millones; los listos quitan un dólar de aquí y otro de allá para que nadie lo note. Busca los números que no cuadren.
Ella asintió en silencio, sorprendiéndose por la enseñanza. Ahora que lo analizaba a detalle, tenía sentido.
Con renovado interés, comparó las cifras, hoja por hoja.
De repente, notó un patrón extraño en las últimas páginas y una sonrisa involuntaria apareció en sus labios.
¡Sí, lo había logrado!
Estefanía se levantó de golpe y, alzando la hoja en la mano, llegó hasta el escritorio de Cristian de un salto.
—¡Mire! Aquí hay un dato que no cuadra, y aquí está el otro —exclamó, maravillada con su hallazgo.
Sin embargo, los ojos oscuros del hombre no estaban sobre el papel, sino sobre su boca. Esa boca que acababa de dibujar una sonrisa, quizás la primera que él veía desde que se conocían.

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