Desde ese momento, cada día y cada noche, justo como las palabras de Cristian, Estefanía se presentaba ante él con un claro objetivo: complacerlo, satisfacerlo en todo lo que quisiera.
Desfiló para él varios modelos de lencería que iban desde una atrevida pieza ouvert (con aberturas estratégicas en el busto y la entrepierna) y un sujetador cupless que dejaba sus pezones al descubierto, hasta una provocativa malla de red translúcida.
Días después, le entregó una tarjeta negra y ordenó sin mirarla, demasiado ocupado en su computador:
—Tómala. Compra lo que quieras, pero asegúrate de que siempre haya algo nuevo que quitarte.
Su apetito sexual era insaciable.
Cada noche acababa siendo desvestida por él.
Su cuerpo estaba lleno de marcas que ya no sabía cómo ocultar.
—¿Y eso? —había preguntado Javier una mañana, dejando a un lado su desayuno para centrar su mirada en la marca violácea que adornaba su cuello.
Sobre su piel pálida, aquella marca que contenía claramente los dientes de Cristian llamaba demasiado la atención. Ella reaccionó con pánico: llevó una mano a la zona y se acomodó el cuello de la camisa a toda prisa, mientras sentía que el corazón le daba un vuelco.
—No es nada, Javier. Come, se te va a hacer tarde para la escuela —evadió con voz trémula, intentando forzar una sonrisa mientras le acercaba el vaso de jugo.
Pero su hermanito no se veía nada convencido. Sus ojos, de un hermoso color verde avellana, se entrecerraron con clara sospecha. Tenía quince años, pero no era tonto.
Estefanía suspiró.
Lo único que pedía era que él no se diera cuenta de lo que estaba haciendo, de la persona en la que poco a poco se estaba convirtiendo.
Esa noche, como todas las demás, sus piernas se abrieron.
El miembro erecto de Cristian entró en su canal de un solo empujón violento, llenándola por completo.
Apretó los dientes contra su propio brazo para no gritar; siempre que entraba era doloroso. El tamaño era algo a lo que todavía no se podía adaptar —y quizás nunca lo haría—.
Él empezó a follarla sin perder tiempo. Fuerte, salvaje, dominándola con cada golpeteo contra su trasero.
Plap, plap, plap.
Los gruñidos graves y masculinos de Cristian llenaban la habitación mientras la embestía sin control, sujetándola de las caderas con dedos que se clavaban en su carne.
Cada estocada era profunda, brutal, casi castigadora, sacudiendo todo su cuerpo contra el escritorio.
El sonido de la piel de ambos chocando y de sus respiraciones entrecortadas era lo único que se escuchaba.
Ella gemía como una gatita en celo, con sus ojos completamente en blanco, disfrutando de cada penetración.
De repente, el hombre la hizo girar, obligándola a quedar boca arriba sobre la madera del escritorio.
Sus muslos fueron separados de par en par, dejándola completamente expuesta.

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