Estefanía lo empujó.
Ya no sabía si lo que decía lo hacía solo para herirla o si de verdad se había acostado con esa mujer. Viendo su insensibilidad actual, cualquier opción era posible.
—¿Entonces vas a negar que la tienes trabajando para ti? —gritó fuera de sí—. ¿Que te la llevaste de viaje a Madrid y que no pensabas decirme absolutamente nada? ¡Es tu amante, Cristian! ¡Sé hombre y dímelo a la cara!
—No es mi amante —gruñó con rabia—. Pero quizás lo empiece a ser a partir de ahora. Al final es lo único que quieres, ¿verdad?
—Lo único que quiero es que la saques de nuestras vidas. ¡Ya te lo dije! Pero tú preferiste ocultármelo. Decidiste meterla en tu oficina, ponerla a trabajar pegada a ti y llevártela de viaje a mis espaldas. Me mentiste, Cristian, y eso no te lo voy a perdonar jamás.
—¿Tú perdonarme a mí?
Liberó su garganta, devolviéndole una mirada de desprecio.
—Te fuiste a emborrachar y andas besando a otros tipos como una cualquiera. La única infiel en esta habitación eres tú, Estefanía. Y si alguien aquí no va a perdonar un carajo, soy yo.
—¡Eres un cínico! —ladró ella.
—Grita, llora y busca las copias de divorcio que quieras, porque esto no se acaba aquí —amenazó—. No te vas a librar de mí. Y tenlo por seguro, querida esposa: el día que decida besarla, el día que decida metersela en la cama, me voy a asegurar de que lo veas con tus propios ojos.
Una opresión indescriptible se apoderó de su pecho. A Estefanía no le quedaban dudas; le haría ver, la torturaría de la peor forma, todo porque se había atrevido a desafiarlo.
Pero no iba a permitirlo. No dejaría que la destruyera.
—¡Eres un maldito enfermo! ¡Un monstruo!
Arremetió contra él con los puños cerrados, descargando golpes sobre su pecho y sus hombros. Desesperada, estiró el brazo y manoteó lo primero que encontró sobre la mesa de noche: un adorno de cristal salió volando y se estrelló contra la pared, seguido por una lámpara que cayó hecha pedazos
—¡Te odio! ¡Ojalá te pudras en el infierno! —gritaba entre sollozos, arañándole los brazos y empujándolo con el poco aliento que le quedaba—. ¡Eres una basura!
Cristian no se inmutó por los golpes, pero cuando ella intentó abalanzarse de nuevo, le atrapó las muñecas con una sola mano, la giró con brusquedad y la lanzó contra la cama. Todo lo hizo como si aquello no le representara el más mínimo esfuerzo. Mientras tanto, ella sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, agitada y sudorosa.
Antes de que pudiera incorporarse, él se subió sobre ella, hincando las rodillas a los lados de sus caderas y aprisionando sus brazos contra el colchón.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El juguete del abogado